El pecado es una ofensa que entristece a Dios. Aunque es un mal que hace sentir sus efectos en la sociedad y en el mundo que nos rodea, la verdad es que antes que ninguna otra cosa, el pecado es una ofensa contra el cielo y contra Dios.
El salmista reconocía claramente esta verdad, pues él fue quien dijo en el Salmo 51:4 lo siguiente: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos”. Solo cuando comprendemos esta realidad podemos arrepentirnos verdaderamente del pecado y dejarlo atrás. El no considerar el pecado como una ofensa central a Dios, podrá llevarnos al remordimiento, pero nunca a la transformación.
Solo cuando comprendemos que es a Dios a quien le hemos fallado y entristecido, es que el arrepentimiento genuino tiene lugar y entonces nuestra vida cambia.