Cuando nuestro pecado es evidenciado bajo la luz de la verdad de Dios, no es porque Él quiera avergonzarnos o destruirnos con el látigo de la culpa y la condenación. Más bien, Él desea que nos arrepintamos y volvamos a su camino con una nueva actitud de fe y obediencia.
Si Dios trae luz a nuestra vida a través de la reprensión de su Palabra, en lugar de endurecernos y excusarnos, debemos reflexionar sobre nuestro camino, debemos arrepentirnos y abandonar todo pecado. Dios nos da luz no para arrastrarnos a la miseria sino para que procedamos al arrepentimiento. Ese es su deseo.
Dios mismo declaró que no quiere la muerte del pecador, sino su arrepentimiento. Él dijo en Ezequiel 33:11: “No quiero la muerte del impío, sino que se vuelva de su camino, y que viva”.