Ya que el señor dio su vida por nosotros, derramando su sangre, debemos vivir vidas de obediencia y entrega absoluta a su señorío.
Él nos extiende su amorosa mano, nos invita a su mesa, nos hace sentar en un lugar especial, y la prueba de que somos verdaderamente sus amigos es que vivimos vidas sujetas a su voz.
Amados, ustedes tienen un amigo que es Rey y Soberano, es Jesucristo.