Una palabra puede decidir el futuro de una persona. Puede guiarla al éxito o al fracaso. Puede hacerla feliz o infeliz. Puede edificarla o destruirla. Una persona que ha creído en Jesucristo como su Señor y suficiente Salvador, y ha alcanzado salvación, debe pensar, creer y hablar como una persona salva.
El lenguaje de este mundo se centra en lo negativo, en lo destructivo y en lo obsceno. Por eso se inclina hacia lo imposible de manera muy fácil.
No obstante, los hijos de Dios debemos hablar el lenguaje del reino de los cielos que se centra en la bendición, en la gracia, en el optimismo, en que Dios puede hacer todo y en que Él es nuestra ayuda.