Antes del pecado de Adán y Eva, esa desobediencia tan terrible que tuvo lugar en el huerto del Edén en el principio, no existían el temor, ni la ansiedad ni la desesperación. Fue por causa del pecado que estos males aparecieron en la vida del hombre para oprimirle y arruinarle.
Con justa razón, la Biblia nos dice en Jeremías 2:19: “Ve cuán malo y amargo es el haber dejado a Jehová tu Dios”. Porque el pecado es precisamente eso, dejar a Dios y darle la espalda, para llevar la vida que, desde nuestra perspectiva, es la mejor. Sin embargo, ¿puede haber felicidad, paz y esperanza sin Dios?
La respuesta es: no. Si queremos gozar de la felicidad que Dios provee con su gracia, en el calor de su cercanía, tenemos que dar la media vuelta al pecado y correr en dirección a Dios.