El chiste sin gracia no es que el diputado coma desenfrenado mientras los especialistas piden huertos escolares. La ironía está en que ambas —hambre del pueblo y «hambre» del hijo privilegiado de la élite— vienen del mismo lugar: de la convicción de que unos pocos guatemaltecos son gente y el resto, ganado. Vienen de una ideología que predica que la desnutrición es simplemente una enfermedad a remediar en los pobres, nunca evidencia de la injusticia que los mantiene pobres.