Si se cotizaran en bolsa, hoy las acciones de hijo de puta irían para arriba.
La secuencia de hechos, cada uno peor que el anterior, exige pasar rápido al siguiente escándalo. O quizá ignorarlo en un esfuerzo cada vez menos exitoso por mantener la salud mental. La última ronda de trastadas de Morales aclaró el mensaje: aquí no se vale tener esperanza.