Las palabras no son de nadie,
no ponen precio más que la tarifa que dicta el lenguaje,
hacen de kamikazes de poetas,
nacen y mueren en poemas.
No son precisas,
no son ambiguas,
son lo que el autor dirija.
Viven, mueren, y reviven tantas veces como se quiera o se pueda.
En sus presentaciones nunca ven toda la obra,
y se mezclan como si no conocieran las clases, ni la decencia.
A veces,
dicen te quiero sin quererlo,
a veces solo duelen en el alma.
A veces dejan amargos inexplicables,
otras,
no son más que figuritas en papel.
Por eso no me creas cuando te diga que te quiero,
porque puedo querer de muchas formas.
Por eso no creas cuando alguien más te dice que te quiere,
por que no te va a querer a las mismas horas.
Casi siempre pensamos tanto y decimos tan poco,
casi siempre le hacemos de grandes tontos.
Solo espero que mis palabras revienten en tu boca,
y se queden en tu pecho,
que se te incrusten en las costillas,
que siempre las lleves contigo.
Que por ellas te crezcan flores en los huesos,
y al oler su polen,
te acuerdes de mi,
de lo que te escribo,
de lo que te siento,
por qué a las palabras
también se las lleva el viento.