Al llegar al alba del último día, contemplamos un amanecer que trasciende el tiempo, una luz que disipa la sombra del sufrimiento y anuncia la eternidad. Imagina el horizonte teñido de oro y carmesí, la brisa fresca que anuncia un renacer, y en ese instante, la certeza de que cada lágrima y cada herida se han transformado en un preludio de la gloria divina.
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