
Es moneda corriente la creencia de que podar un buen puñado de palabras supone un digno ejercicio literario y una norma muy productiva para mejorar el estilo de nuestros escritos. Lo he oído hasta la saciedad: en talleres literarios, en presentaciones de libros, en artículos sobre corrección o sobre creación literaria, en entrevistas a escritores, etcétera. Me cuesta refrenar un mohín de rechazo cuando escucho o leo afirmaciones tan tajantes como “recortar es perfeccionar”, y no porque esté en contra de este postulado, sino por la ausencia de matices. En estos casos no puedo evitar pensar en otra verdad a medias, igual de manida: “beber agua en grandes cantidades adelgaza”. Pues depende: si uno bebe dos litros y medio de agua diarios pero al mismo tiempo se atiborra a comer dulces, es dudoso que llegue a adelgazar.