Toda buena saga tiene un comienzo y esta, que se ha convertido en todo un referente en el cine de culto, no podía ser menos. Sam Raimi y Bruce Campbell (que ya habían trabajado juntos en otras 3 películas) se ponen manos a la obra para traernos de vuelta al maestro H.P. Sangre, libros chungos con conciencia propia, el famoso punto de vista subjetivo cámara en mano, una cabaña en la que no encerrarías ni a tu cuñado y un reloj más siniestro que Esperanza Aguirre disfrazada del Emperador. No quiero destriparos más la película (ta ta chan al juego de palabras), ideal para ver en los autocines de los 80 con una joven fácilmente impresionable o con los callos de tus amigos.