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Estamos sumergidos en un mar de palabras, en una etapa en la que se ha perdido el debido respeto por ellas, lo que da por resultado un empobrecimiento del lenguaje y, por ello, del pensamiento. El lenguaje es una destreza exclusiva de los humanos mediante la cual se logra un pensamiento superior. Ello le otorga un valor que hoy va perdiendo reconocimiento arrastrado por el torrente informativo diario. La cotidianeidad del uso de la palabra, su naturalización, la pasa a un segundo plano reduciendo su importancia tal como nos sucede con la respiración. Esta relación con nuestra capacidad de hablar va desluciendo su verdadera importancia. Recuperar el valor de la palabra nos impondría un uso más cuidadoso de sus significados. Ello se traduciría en un aporte apreciable al mejoramiento de las relaciones entre los humanos. Esa comunicación no debiera olvidar la importancia de hacer claro y evidente lo que se quiere informar, respetando el argumento que debe sostener la verdad de lo dicho.
Haber dejado de lado todos estos requisitos nos ha colocado ante una confusión, un desorden comunicacional, no siempre inocente, que enturbia el entendimiento, achata el pensamiento, lo banaliza sometiéndolo a un parloteo degradante. Tal vez esto suene un poco riguroso, demasiado exigente. Yo le pido al ciudadano de a pie que preste atención a lo que oye y se pregunte cuánto de ello le aporta criterios para pensar con mayor seriedad y profundidad. No es necesario ser un filósofo para ello, sólo tener algunas exigencias respecto de sí mismo y de la importancia de tener muy claras las ideas. Sobre todo hoy, en un mundo en el cual se presenta como una exigencia impostergable pensar una salida hacia una vida más vivible. De allí la exigencia que propongo y me impongo.
La construcción de un horizonte idealizado, sobre el cual puedan proyectarse las utopías de vidas deseables, dando un sentido humano, es la condición que impone este presente brumoso, rutinario, en el cual nos vamos hundiendo en la monotonía rutinaria. Así el sentido del vivir humano se va desvaneciendo. Por lo tanto la falta de respeto en la utilización de las palabras, su banalización, su mediocrización, su superficialización, en una palabra la degradación del habla se corresponde con la degradación de la vida humana. Todo ello es un obstáculo importante para pensar y construir un camino de salida.
El habernos sumergido muy lentamente en ese proceso ha logrado que perdiéramos conciencia sobre lo que estaba sucediendo y hoy, en la mayoría de los casos, se ha naturalizado de tal modo que luce como la normalidad, sin percibir las consecuencias, cada vez más graves, que padecemos. [Se puede consultar, http://ricardovicentelopez.com.ar/wp-content/uploads/2015/03/Reflexiones-sobre-el-uso-de-la-palabra.pdf, para un análisis más detallado].
La presencia de la palabra en los medios concentrados, en los radiales y televisivos, se ha convertido en una fuente proveedora de ese empobrecimiento del lenguaje. Esto ha logrado acondicionar el habla del ciudadano de a pie. Además el uso superficial de algunos conceptos ha permitido a las ciencias sociales ocultar problemas por no hurgar en sus significados más profundos.
Lo que voy a proponer en estas columnas, entonces, es una revisión de algunas palabras que por la importancia de sus significados no pueden dejarse libradas a tales maltratos. Voy a comenzar por dos de ellas que se han ido deshilachando y, al mismo tiempo, haciéndose difuso sus contenidos: democracia y capitalismo. La docilidad con la cual se aborda su uso cotidiano, dicho de otro modo, la impunidad de este mecanismo, oculta la tensión, y hasta el conflicto, que se mantiene latente entre ellas. No debe dejarse de lado que todo ello tiene inconfesables propósitos. Vamos a leer a dos importantes intelectuales de la Academia estadounidense. Uno de ellos, el Doctor en Filosofía por la Universidad de Harvard, Francis Fukuyama (1952) quien publicó un libro que llevó por título: El fin de la historia y el último hombre (1992), traducido a más de veinte idiomas. En él sostiene una tesis que defiende el liberalismo como forma política para asegurar, dijo entonces, un futuro estable y justo para todos. Ese liberalismo presenta dos vertientes la política y la económica:
Un país es democrático si sus habitantes gozan del derecho a elegir su propio gobierno mediante elecciones periódicas, en votación secreta, por medio del sufragio adulto universal e igual… y puede asegurar también, mediante el liberalismo, el reconocimiento del derecho a la libre actividad económica y al intercambio económico basado en la propiedad privada y en el mercado. Ambos, armónicamente, configuran una sociedad estable y segura para todos.
En la misma década el Doctor Lester Thurow (1938), Profesor de Economía Política del Instituto Tecnológico de Massachusetts, propone una mirada más crítica que detecta algunas tensiones en el paraíso de Fukuyama. Advirtió que «la contradicción más grave del capitalismo, es la que se plantea entre el mercado, como forma de asignar los bienes, y la democracia, como modo de asegurar la igualdad». Lo que parece, a primera vista, una frase sencilla, no debe engañarnos respecto del calado y la gravedad de su denuncia. Acá aparece una primera superficialidad en los análisis de los especialistas.
Él propone esta reflexión: «el mercado promueve la competencia y el triunfo de los mejores». Dentro de él, quien demuestre tener las mejores capacidades y las mayores habilidades «se impondrá en la búsqueda de maximizar su beneficio». El otro, el perdedor, se verá desplazado y finalmente derrotado. Continúa el profesor: «dentro del mercado, cada individuo vale por el dinero que posee». En oposición a ello, «la democracia pretende garantizar la igualdad de todos los ciudadanos». He aquí una tensión de muy difícil solución que, por regla general, no aparece en los mejores manuales. En su libro, El futuro del capitalismo (1996), en el que analiza las posibilidades futuras del capitalismo, afirma:
La democracia y el capitalismo tienen diferentes puntos de vista acerca de la distribución adecuada del poder. La primera aboga por una distribución absolutamente igual del poder político, “un hombre, un voto”, mientras que el capitalismo sostiene que es el derecho de los económicamente competentes expulsar a los incompetentes del ámbito comercial y dejarlos librados a la extinción económica. La eficiencia capitalista consiste en la “supervivencia del más apto” y las desigualdades en el poder adquisitivo. Para decirlo de la forma más dura, el capitalismo es perfectamente compatible con la esclavitud... En una economía con una desigualdad que crece rápidamente, esta diferencia de opiniones acerca de la distribución adecuada del poder es como una grieta de enormes proporciones que está deslizándose.
La claridad conceptual y su precisión eximen de mayores comentarios. Sólo voy a subrayar, aunque sea un poco reiterado, que lo que puede convertirse en una verdad muy clara, después de haberlo leído, es sin embargo una verdad oculta para una gran parte de los ciudadanos de a pie, incluyendo a profesores y universitarios de la especialidad. Este debate, planteado hace más de veinte años, entre dos intelectuales del establishment estadounidense, nos muestran una actitud complaciente y encubridora del primero y una actitud crítica que intenta advertir sobre los riesgos que se estaban aproximando. Un buen ejercicio de la utilización de los mismos conceptos confines distintos.