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El Evangelio de hoy es la parábola del hijo prodigo. Esta parábola no se puede mejorar con nuestras palabras de comentario, se puede solo estropear. Es una historia y como tal tiene que ser escuchada. Entonces, mi papel será el de prestar la voz a Jesús para que el la haga resonar de nuevo hoy en medio de nosotros, Solo me parare, después de cada párrafo, para hacer algún breve subrayado y no dejar de lado ciertos detalles importantes.

«Jesús les dijo...: Un hombre tenia dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna". El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigre a un país lejano, y allí derrocho su fortuna viviendo perdidamente».

i Cuanta tristeza hay en esta primera escena! Ni una palabra de gratitud por parte del hijo al Padre. Ni un pensamiento por el sudor que, posiblemente, le costo al padre poner toda esta herencia junta. El padre queda reducido a ser un transmisor del patrimonio. El patrimonio del padre es todo lo que le interesa a este hijo, no los consejos, los valores, los afectos. Pide su parte de la herencia como si el padre estuviese ya muerto. La herencia, «que me toca»: se acuerda de ser hijo solo para reivindicar su derecho a la herencia.

Jesús no ha inventado la historia, que narra en su parábola des-de la nada: la ha sacado, mas bien, de la vida. Se trata, por lo demás, de una situación hoy bastante mas frecuente que en sus tiempos. Muchachos que se van de casa dando un portazo; que consumen en la droga o en otros desordenes el patrimonio paterno, y, después, cuando han consumido el dinero, vuelven de nuevo sin vergüenza, frecuentemente para pedir mas, no para pedir perdón. No insisto sobre esto porque la realidad, sobre este punto, es siempre mas variada y mas triste de cuanto podamos imaginar y son muchos los padres que tienen experiencia de ello. Prosigamos con la lectura:

«Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó el a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mando a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el esto-mago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer ».

Ahora, sabemos que pretendía hacer aquel hijo con su parte de herencia. No servirse de ella como base para construirse el mismo algo en la vida sino para «vivir perdidamente». (El hermano mayor, mas tarde, explicitara que «se ha comido tus bienes con malas mujeres»). El resultado en estos casos es el de siempre: terminado el dinero, se acabaron los amigos. El muchacho se encuentra solo, desprovisto de todo, apacentando cerdos. Es cierto que hoy este no es el trabajo mas atractivo para un joven; pero, para un hebreo de aquel tiempo era verdaderamente la mayor degradación, porque el cerdo era considerado como un animal inmundo. Leemos aun:

«Recapacitando entonces, se dijo: "Cuantos jornaleros de mi.; padre tienen abundancia de pan, mientras yo aqui me muero de s hambre. Me pondré en camino adonde esta mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Se puso en camino adonde estaba su padre ».

Al principio del cambio hay un momento en el que el joven «entra en si mismo», esto es, recapacita. A partir del instante en el que se dice dentro de si mismo: «he pecado» ya es una persona nueva. Todo lo que sigue no es mas que un seguir la decisión tomada. A veces, cuantas cosas extraordinarias surgen por la valentía de volver a entrar dentro de uno mismo, de ponerse al desnudo frente a la propia conciencia.

Vayamos adelante:

« Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo"».
Si su padre lo vio «cuando todavía estaba lejos» desde ese mo¬mento el protagonista ya no es mas el hijo sino el padre; y ello es porque desde el día en que el hijo había partido no había cesado de mirar hacia el horizonte. «Se conmovió; y, echando a correr, se le echo al cuello y se puso a besarlo». Ahora, no hay ninguna alusión a su pena, a sus razones, ningún reproche. No le retiene el sentido de dignidad, que le evitaría a un anciano el ponerse a correr. Son sus vísceras paternales las que mandan.

Rembrandt ha plasmado en un famoso cuadro el momento en el que el hijo se arroja a los pies del padre para hacer su confesión. En el llama la atención el vigor del rostro del padre y la ternura con que apoya sus dos manos sobre las espaldas del muchacho. De todo lo que consigo se llevo de su casa no le queda al joven, en este cuadro, mas que el puñal (que en aquel tiempo todos llevaban para defenderse de las fieras), un vestido destrozado y unas sandalias, que ya no están puestas ni en los pies. Desde esta imagen se entiende el porque de lo que sigue en la parábola:

«E1 padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mió estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado". Y empezaron el banquete».

En esta parábola, todo es sorprendente. Nunca Dios había sido pintado con estos trazos para los hombres. Ha tocado mas corazones por si sola esta parábola que todos los discursos de los predicadores puestos juntos. Tiene un poder increíble para actuar sobre la mente, sobre el corazón, sobre la fantasía, sobre la memoria. Sabe tocar las cuerdas mas diversas: el sentimiento, la vergüenza, la nostalgia.

Jesús no ha debido inventar esta imagen de Dios desde la nada; la ha chupado, por asi decirlo, con la leche materna. El ha llevado a la perfección, como Hijo «que esta en el seno del Padre», la idea de Dios, que se hace patente en los momentos mas encumbrados de la revelación bíblica. En los profetas se habla de un Dios, que da «un vuelco a su corazón», que siente «estremecer las vísceras de compasión» cada vez que se acuerda de Efraín, su hijo primogénito, que no muestra su rostro desdeñado y no conserva para siempre la cólera, sino que se complace de tener misericordia.

Es este posiblemente el vínculo mas profundo que existe entre hebreos y cristianos. No tenemos en común solo al mismo «padre Abrahán» sino al mismo «Dios Padre». El mismo rostro paterno de Dios brilla y aclara esto. No estamos unidos solo por el hecho de que unos y otros adoramos a un Dios cínico y somos dos religiones monoteístas sino, mas aun, por la idea de que unos y otros tenemos de este Dios cínico: un Dios lleno de ternura y de compasión.

En nuestra parábola se habla de un hijo mayor, que permanece en casa y que se resiente, mas bien, por la actitud, según el, demasiado débil del padre hacia el hijo menor. En el pasado, a veces, se ha pensado que este «hermano mayor» de la parábola estaba ahí para indicar al pueblo hebreo, celoso del hecho de que Jesús se dirigía a los paganos y a los pecadores. Pero, esto no es exacto. No es cierto en este sentido negative que Juan Pablo II, en la sinagoga de Roma, ha llamado a los hebreos «nuestros hermanos mayores»! Hermanos mayores porque eran creyentes antes que nosotros en el mismo Dios, en el que nosotros creemos.

De hermanos mayores, en el sentido negativo de la parábola, entre los hebreos los había ciertamente en el tiempo de Jesús. Eran algunos escribas y fariseos intransigentes, cuidadores de la Ley, tacaños y cerrados a toda perspectiva de universalidad de la salvación. Aquellos, a los que Jesús dirigió un día aquella dura frase: «Id, pues, a aprender que significa: "Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores"» (Mateo 9,13).

Pero, de estos «hermanos mayores» los hay, también, entre nosotros los cristianos y, a veces, por desgracia dentro del mismo confesionario, entre los que debieran personificar, en aquel momento, al padre de la parábola y no al hermano mayor ceñudo y lleno de reproches. El padre es aquel al que importa una sola cosa: que el hijo ha vuelto; el hermano ma¬yor es aquel a quien lo que le importa es «que se ha comido sus bienes con malas mujeres». Frecuentemente, es un falso sentido de la justicia, debido a la formación recibida o al temperamento, para determinar una actitud de intransigencia. Son personas rigurosas consigo y con los demás, mientras que el Evangelio nos quiere rigurosos con nosotros mismos, pero, misericordiosos con los demás.

Hay cristianos que alguna vez han tenido alguna experiencia negativa en este campo y desde aquel día juraron no confesarse mas y, desgraciadamente, han mantenido este propósito. Pero, no es justo privarse de un don tal por un incidente del género. En este tiempo de preparación a la Pascua, en el corazón de muchos debiera aflorar mas bien el propósito del muchacho de la parábola: «Me pondré en camino adonde esta mi padre, y le diré: Padre, he pecado».

¿Cuantos han hecho con el sacramento de la reconciliación la misma experiencia del hijo prodigo! Es una de las alegrías y de los recuerdos mas bellos en la vida de un sacerdote. Personas, que se levantan y se alejan con las lagrimas, renacidos literalmente a una nueva vida y que a veces dicen abiertamente: «Yo estaba muerto y he vuelto a la vida». La Eucaristía es el banquete de fiesta, que Dios prepara para cada hijo que vuelve. No es necesario abandonarla durante largo tiempo simplemente porque se tiene hastió de confesarse.

Termino con las palabras de Pablo en la segunda lectura de hoy, que son la mejor conclusión a la parábola:

«Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado; la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios ».

Hasta cuando vas a esperar el abrazo de tu padre amoroso?