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De Numa Hawa, aquella legendaria artista circense, escribió Papini esto; "Venía a menudo al parterre la famosa domadora Numa Hawa, poco mujer, seria y carnosa, fajada con dificultad por una malla rosa salpicada de lentejuelas oscilantes que de cuando en cuando se sumaba a la entrada llevando al cuello, a manera de collar, una enorme serpiente boa o un gorila gruñidor vestido con un gabán rojo". El gorila estaba enamorado de aquella madura pero hermosa marimacho, compromiso ochocentista entre una amazona y una walkiria de la cual se contaban gestas increibles.
Numa Hawa, siempre según Papini, era mujer más prefirió la compañía de las fieras a la compañía de los hombres y no solo por amor de ganancia, si no por femenina vanagloria y por natural inclinación del ánimo a la sensualidad y a la feminidad.
Según Papini, que habla de Numa Hawa en su "Juicio Universal" así pudo justificarse la domadora: "Hubo en mí, desde el comienzo de la adolescencia, un instintivo y tenaz desprecio hacia los hombres. Siempre he tenido la manía de ser más fuerte que ellos en todo. ¿Qué fuerza necesita una mujer joven para domar a un varón? Ninguna. Basta una sonrisa, una seña procaz, una promesa, un ofrecimiento de placer, en resumen, bastaba un poco de coquetería y demasiada complacencia. Me causó pronto fastidio sujetarme a los hombres, que apenas saciados querían convertirse en mis amos".Dice Papini que el mayor afán de la domadora Numa Hawa fue el de mostrar a aquellos blanduchos hombres de su tiempo de que valor y de que vigor de miembros y de voluntad era capaz una mujer. Numa Hawa, en efecto, llegó a convertirse en muy pocos años en una de las más célebres domadoras del mundo. Fue entonces cuando encontró la felicidad verdadera entre las jaulas malolientes de las casas de fieras. Entre los hombres no había encontrado más que indiferencia y ofensas, entre las fieras, por el contrario, no encontró si no respeto y siempre, siempre, mucho afecto.
Cuentan que Numa Hawa, sonosada y semidesnuda, ente sus leones y entre sus tigres, bajo el fuego ardiente de los focos y las miradas de los espectadores, sentía ser bastante más que una mujer, aunque se tratase de una virgen blanca o de una adusta ama de casa. Era feliz contemplando la ferocidad reprimida, la fuerza bruta dominada por el ojo humano. Cuando ponía su cabeza en la boca de un león, se estremecía no de terror si no de placer. Los hombres eran para ella más temibles que las fieras. Numa Hawa creía que no acudían al circo para contemplar su valor legendario, su temeridad. Según ella, iban al circo abrigando la secreta esperanza de verla destrozada, despedazada por uno de sus leones.
Es de justicia, sin embargo, terminar de una vez por todas con una especie infamante, con una especie maledicente, según la cual Numa Hawa gozaba sexualmente con su gorila amaestrado. Llegó a decirse, cuando mayor era su fama en toda Europa, que el gorila y ella se lo hacían hasta tres veces al día, que entre acto y acto de la función del circo el camerino de la artista era lugar en el que se consumaba la más bestial unión que darse pueda entre un animal y su domadora. Por eso decían, Numa Hawa iba como esparrancada, como si acabase de echar pié a tierra desde un caballo en el que hubiera estado subida desde los primeros años de su infancia. Pero nada más falso sin embargo. Numa Hawa mimaba a su gorila como si de un bebé se tratase. La verdad es que Numa Hawa se limitaba día a día a dar tres tomas de biberón a su gorila. Cierto es que Numa Hawa se ponía completamente en cueros cuando daba el biberón a su gorila, más ¿Acaso no es la desnudez y sobre todo la desnudez de los cuerpos más aguerridos una manifestación de la inocencia? ¿Y acaso no es la inocencia un deseo de perversión?, ¿Acaso no son los santos y los locos, y quizás las domadores de fieras quienes más acompañan el gozoso sufrimiento de nuestras pieles infantiles y hasta adolescentes?. Ítem más, recordad cual excitantemente maternal aparecía Maureen O'Sullivan en su papel de Jane, la compañera de Tarzán, cuando se colgaba a Chita de la cadera.