A la pobre Carlota no le alcanzó una vida marcada por la tragedia para contarle al mundo todos sus anhelos y esperanzas por salvar un imperio que nunca pudo ser.
Siendo muy joven, partió hacia un México convulso, cambiante e ingrato. Un México que tal vez la quiso, pero que no estuvo preparado para verla gobernar. Era una mujer idealista, pero también muy autoritaria. La vida la dejó sola y viuda. El gran sueño de un imperio próspero la volvió loca, y terminó sus días encerrada en su propia torre de castillo con barrotes.