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A lo largo de la historia, la Iglesia nunca entendió el Credo como una lista de ideas frías. El Credo nació como un canto, como una alabanza, como una forma de decir: Dios ha hecho maravillas.

Creer no es solo emocionarse.

Pero tampoco es solo entender.

Creer es responder a un Dios que toma la iniciativa.

No creemos en conceptos, creemos en una persona.

San Agustín lo dijo con una claridad impresionante:

“El que cree, piensa; pensando cree; creyendo piensa.”

La fe cristiana no anula la razón.

La fe necesita de la razón para no quedarse en lo superficial.

Y aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿he pensado alguna vez seriamente en lo que creo… o solo lo repito?