El autoengaño es menos traumático que la decepción. En otras palabras, la decepción es más traumática para nuestras emociones que aceptar el autoengaño. Así, preferimos salvaguardar nuestras narraciones en base a las explicaciones conocidas en lugar arriesgar otras narraciones posibles. Este estado, aunque ficticio y con frecuencia doloroso, es un lugar más seguro que la incertidumbre que genera el descubrimiento.