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La expresión “Este es un glotón y un borracho, amigo de recaudadores de impuestos y de pecadores” (Mateo 11:19) fue originalmente una burla dirigida a Jesús.

Sus opositores religiosos intentaban desacreditarlo por su cercanía con quienes eran considerados impuros o indignos según las normas sociales y religiosas de su tiempo. Sin embargo, esta acusación irónica termina siendo una de las más hermosas descripciones del corazón del Evangelio: Jesús es, en efecto, amigo de pecadores. Su amistad no es superficial ni permisiva, sino transformadora y profundamente amorosa.

Este mensaje se encarna de forma especial en el relato de Marcos 2:15-17, cuando Jesús se sienta a comer en la casa de Leví, rodeado de recaudadores de impuestos y pecadores. Esta escena revela una práctica revolucionaria: una mesa radicalmente abierta, un acto profundamente inclusivo que contradecía los estándares de pureza religiosa.

La comida, en el contexto judío, no era un gesto neutro; compartir la mesa era símbolo de aceptación, de cercanía, de comunión. Jesús, al sentarse con ellos, no valida sus pecados, sino que les ofrece un lugar donde son vistos, conocidos y llamados a una vida nueva. La santidad que invita se manifiesta en la amistad que transforma.

Jesús no se presenta como un líder moralista que señala desde lejos, sino como el médico que se acerca al enfermo porque reconoce su necesidad. Esta figura del “médico para los enfermos” redefine la manera en que se entiende la santidad: no es un alejamiento de los pecadores, sino una aproximación amorosa con poder para sanar.

La frase “Sí, enfermos; pero hay medicina” lo resume bien. Jesús no niega el estado quebrantado del ser humano, pero tampoco lo deja en su condición. Ofrece medicina para el alma, acceso al perdón de Dios y a la restauración comunitaria.

El proceso de transformación comienza con el perdón divino, pero también incluye la restauración humana. Se nos invita a buscar a Dios para ser perdonados, y también a abrirnos a los demás para sanar relaciones y encontrar apoyo. Esta doble dimensión –vertical y horizontal– es parte esencial de la vida cristiana. Asimismo, se ofrece libertad frente a la acusación, no porque se minimice la falta, sino porque se separa la condena del acto del valor de la persona.

La falta puede ser juzgada como tal, pero la persona que falló es perdonada y restaurada. En el Reino de Jesús, la gracia no es negación del pecado, sino victoria sobre él.

Jones lo expresa con fuerza al decir que “las amistades santas retan los pecados que hemos empezado a amar”. Jesús, como amigo, no nos deja cómodos en nuestra oscuridad. Su amor nos confronta, nos reta, nos muestra que hay una vida mejor. La amistad de Cristo es una que rompe cadenas, que denuncia la mentira del pecado y a la vez extiende misericordia. Es amistad que no teme ensuciarse, que se sienta a la mesa con los impuros, pero que también nos levanta con poder sanador.

Finalmente, el Evangelio revela que Jesús vence al pecado, no con condenación ni aislamiento, sino con presencia, amistad y sacrificio. Él se convirtió en el amigo que carga con nuestra culpa para darnos libertad. Ser su amigo implica también entrar en esta lógica de la gracia, donde cada mesa puede volverse un altar, y cada encuentro una oportunidad para ser sanados y enviados.

Así, la burla se convierte en bandera: sí, Jesús es amigo de pecadores, y por eso, hay esperanza para todos. En su Reino, hay lugar para ti, para mí, para todos los que reconocen su necesidad y aceptan la invitación de sentarse a su mesa.