Listen

Description

Hay verdades que solo se comprenden cuando duelen. A veces no llegan envueltas en conceptos teológicos, sino en historias reales que nos estremecen y nos obligan a mirar de frente lo que preferiríamos negar. Como aquella historia del perro: amado, cuidado, criado en familia, pero con un temperamento que nunca dejó de ser peligroso. No fue el animal el verdadero problema, sino la falsa confianza de quienes creyeron que podían domesticar lo que, por naturaleza, debía ser confrontado. Esa frase —“el problema fuimos nosotros”— se convierte en un espejo incómodo para la vida espiritual. Porque muchas veces hacemos exactamente lo mismo con el pecado: lo queremos, lo justificamos, lo acomodamos, creyendo que lo tenemos bajo control, hasta que un día nos ataca con una fuerza devastadora.

Dios no nos llama a domesticar lo que es peligroso. Nos llama a confrontarlo para transformarlo. Y ese llamado suele llegar en tiempos de apartarnos, como el ayuno. El ayuno no es una práctica estética ni un reto de fuerza de voluntad. No es un símbolo religioso para sentirnos más espirituales ni una excusa para compensar excesos pasados. El ayuno es un espacio sagrado de confrontación. Es el lugar donde se apagan los ruidos externos para que podamos escuchar con claridad aquello que Dios quiere señalar en nuestro interior.

Con el tiempo, todos desarrollamos una habilidad peligrosa: aprender a convivir con lo que sabemos que no está bien. Pecados, actitudes, hábitos, heridas no sanadas… no desaparecen, solo se esconden. Les cambiamos el nombre, les bajamos la intensidad, los justificamos con frases como “no es tan grave”, “lo tengo controlado”, “solo es de vez en cuando”. Pero el pecado nunca está muerto. Solo está esperando. Y aquello que creemos dominado termina dominándonos. Por eso el salmista dice con tanta honestidad: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos… pero confesé mi pecado”. El silencio no sana; la confesión sí.

La Escritura es insistente en esto: lo que se encubre no prospera, pero lo que se confiesa y se abandona alcanza misericordia. Dios no transforma lo que negamos ni libera lo que protegemos. La confrontación no es castigo, es el inicio de la libertad. Por eso este ayuno no es simbólico, es estratégico. Es una invitación divina a dejar de negar, a dejar de maquillar, a dejar de espiritualizar excusas. Dios no puede sanar lo que seguimos escondiendo.

La Biblia también nos recuerda que el mal no actúa desde un solo lugar. Opera en tres frentes que se entrelazan: el mundo, la carne y el diablo. El mundo presiona desde afuera, normalizando lo que antes era pecado y llamándolo “progreso”, “libertad” o “tolerancia”. La carne actúa desde adentro, buscando comodidad, placer inmediato y ausencia de disciplina. Y el diablo acusa, intimida y desgasta, esperando que vivamos más ocupados defendiéndonos que sometiéndonos a Dios. El ayuno confronta los tres frentes a la vez: rompe la pasividad frente al sistema, reordena el alma frente a la carne y nos alinea espiritualmente para resistir al enemigo.

Confrontar no es fácil. Cuando se rompe la rutina y se incomoda la carne, siempre habrá resistencia. Habrá cansancio, distracción, desánimo. Pero Dios no habla a los perfectos; habla a los necesitados. Él no nos lleva a confrontar para avergonzarnos ni para acusarnos. Esa no es Su voz. Dios confronta para llevarnos a Sus promesas, no para recordarnos nuestras fallas. Él conoce nuestra condición y, aun así, no nos rechaza: nos abraza.

Isaías 54 es un cierre lleno de esperanza para este llamado a confrontar. Dios no dice “arréglate primero”; dice “canta antes de ver”, “no temas”, “con misericordia eterna tendré compasión de ti”. La confrontación en Dios no termina en ruina, termina en expansión. La esterilidad se rompe, la vergüenza cae, la vida vuelve a ensancharse. Ninguna arma prospera cuando caminamos en obediencia y verdad.

Por eso hoy el llamado es claro y amoroso: no domestiques tu pecado, no te acomodes a tu lucha, no normalices lo que Dios quiere transformar. Atrévete a confrontar, a confesar, a rendir. No estás solo. Dios está contigo en este ayuno, estará contigo este año, y estará contigo en cada proceso de sanidad. La confrontación traerá libertad, porque el Dios que te llama a enfrentar también es el Dios que promete no dejarte ni desampararte.