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Fuimos creados con propósito. No estamos aquí por casualidad, y nuestra vida no fue diseñada para la comodidad o el entretenimiento, sino para participar activamente en la misión del Reino.

Desde el momento en que respondimos al llamado de Jesús, fuimos comisionados como misioneros, enviados a buscar a los perdidos, a compartir el evangelio, a amar como Él ama. Esa no es una tarea opcional para algunos, sino el diseño esencial de cada discípulo.

En Mateo 28:18-20, Jesús deja claro nuestro llamado: “Vayan y hagan discípulos de todas las naciones...” No es una sugerencia, es una orden. Y no va acompañada de un espíritu de temor, sino de la autoridad del Resucitado y la promesa de Su presencia constante. Ser misionero no es simplemente viajar a tierras lejanas; es vivir con una intencionalidad evangelizadora, allí donde Dios nos ha plantado: en nuestra familia, comunidad, trabajo o escuela.

El relato del joven rico en Marcos 10:17-23 nos confronta con una verdad dolorosa: no todos responderán al llamado de seguir a Jesús. Algunos estarán demasiado atados a sus posesiones, a su comodidad, a su “zona segura”. Pero eso no cambia nuestro encargo. Seguimos llamados a compartir, a sembrar, a invitar.

No tenemos el control sobre la respuesta del otro, pero sí sobre nuestra obediencia.

Apocalipsis 2:1-5 nos alerta con amor. A veces, en medio de la actividad cristiana, podemos perder lo más importante: nuestro primer amor. Cuando el fuego de nuestra pasión por Jesús se apaga, también lo hace nuestro deseo de compartirlo. Por eso, esta reflexión es también un llamado al arrepentimiento, a volver al corazón de la misión: amar a Jesús y amar a los que Él ama, especialmente a los perdidos.

En Marcos 5:1-19, vemos a Jesús cruzar al otro lado solo para liberar a un hombre oprimido por una legión de demonios. Después de ser transformado, ese hombre quiere seguir a Jesús, pero Jesús le dice: “Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que el Señor ha hecho contigo”. Ahí está la misión: transformados para testificar. No todos serán enviados lejos, pero todos somos enviados. A veces, nuestro campo misionero empieza justo en casa.

Juan 1:35-39 muestra cómo comienza el discipulado: alguien ve, escucha, sigue y luego invita a otros. Es un proceso relacional. No todos los encuentros serán espectaculares, pero cada conversación puede ser una semilla. El evangelismo no es un evento, es un estilo de vida. Es vivir atentos a las oportunidades divinas de hablar del Tesoro que hemos encontrado.

Y eso nos lleva a Mateo 13:44-46. El Reino de los Cielos es como un tesoro escondido, una perla de gran valor. Cuando realmente entendemos lo que hemos recibido en Cristo, no podemos guardárnoslo. Nuestra alegría nos impulsa a compartirlo. No evangelizamos por obligación, sino por pasión. Porque sabemos que no hay riqueza mayor que conocer a Jesús.

Hoy, más que nunca, necesitamos recordar quiénes somos: escogidos con un propósito. No somos solo creyentes, somos enviados. Somos el eco de la voz de Jesús en la tierra, la luz en medio de la oscuridad, la esperanza en medio del dolor. El mundo necesita ver a Cristo en nosotros y oírlo a través de nuestras palabras.

Que no se diga de nosotros que olvidamos nuestro primer amor. Que se diga que fuimos hallados fieles: que buscamos, que compartimos, que no nos quedamos callados.