En la vida enfrentamos temporadas de gozo y también de dolor. Hay días en los que todo parece estar en orden, pero también hay momentos en los que lo inesperado, el sufrimiento o la frustración nos golpean con fuerza. En ambas situaciones, necesitamos algo que permanezca firme, un ancla segura: la fidelidad de Dios y el cumplimiento de Sus planes.
Lamentaciones 3:21-23 fue escrito en un contexto de profundo sufrimiento. Jerusalén estaba destruida, el pueblo desterrado, el profeta Jeremías rodeado de ruinas y dolor. Pero en medio de ese escenario oscuro, surge una declaración luminosa: “Esto traigo a mi corazón, por esto tengo esperanza.”
¿Qué es lo que nos da esperanza cuando todo va mal? ¿Qué es lo que sostiene el alma cuando siente que ya no puede más? Jeremías no encontró esperanza en las circunstancias, sino en el carácter de Dios: “Sus misericordias jamás terminan, nunca fallan Sus bondades, son nuevas cada mañana.”
Cuando el dolor toca nuestra puerta, hay algo que debemos traer a nuestra memoria: Dios sigue siendo fiel. Las emociones pueden gritar lo contrario. El dolor puede nublar nuestra vista. Pero Su fidelidad es inamovible. Cada amanecer es una prueba de que Él no nos ha soltado.
Por otro lado, Proverbios 19:21 nos recuerda una verdad complementaria: “Muchos son los planes en el corazón del hombre, pero el consejo del Señor permanece.”
Esto quiere decir que no todo lo que deseamos se cumplirá como lo imaginamos. Podemos planificar, proyectar y soñar, pero si nuestros planes no están alineados al propósito eterno de Dios, pueden desmoronarse. Aun así, eso no significa que estemos fuera del cuidado divino. Significa que Dios tiene un plan mejor.
Muchas veces, el dolor proviene de ver nuestros sueños romperse. Pero ¿y si eso que se rompió era justamente lo que Dios estaba quitando para abrir un camino nuevo? Cuando nuestros planes fracasan, no es señal de derrota, sino una invitación a confiar más profundamente en los planes que sí permanecerán: los de Dios.
Podemos estar atravesando momentos diferentes: algunos estarán en una temporada de gozo, otros en una de confusión, otros en duelo, otros en espera.
Pero el mensaje es el mismo para todos:
Dios no ha cambiado, y Sus planes no han fallado.
A veces no veremos el panorama completo. A veces lo que duele no tendrá explicación inmediata. Pero como Jeremías, podemos decir: “Esto traigo a mi corazón…” Y como el sabio de Proverbios, podemos recordar que no se trata de cuántos planes hagamos, sino de que el plan de Dios prevalece.