Dios se manifiesta y obra poderosamente en lo que ha sido consagrado a Él. La consagración no es solo un acto simbólico, sino un pacto de entrega total a Dios. Desde tiempos bíblicos, todo lo que se apartó para el Señor—personas, lugares, objetos—fue transformado y lleno de Su gloria.
Consagrarse implica reconocer a Dios como dueño de nuestra vida, obedecerle diariamente y confiar en Su plan. Personajes como Daniel y sus amigos vivieron en constante dedicación a Dios, apartándose incluso de cosas permitidas, con el fin de honrarlo.
Si deseamos ver la gloria y el poder de Dios en nuestra vida, debemos consagrarnos completamente a Él. La consagración no es un acto único, sino una entrega continua que permite que Su presencia nos transforme. Dios no se mueve en lo que no ha sido consagrado, pero si le entregamos todo, veremos Su gloria de manera sobrenatural.