En Mateo 5:13-16, Jesús nos exhorta a ser la "sal de la tierra" y la "luz del mundo", lo que implica desempeñar un papel activo y positivo en la sociedad. La sal, conocida por sus propiedades de conservación y sabor, simboliza la influencia que debemos ejercer en el mundo, preservando valores y realzando lo bueno en los demás. La luz, por otro lado, representa las buenas obras que deben reflejar la presencia de Dios en nuestra vida.
En la sociedad actual, las personas suelen demandar cambios en los demás en lugar de enfocarse en transformar su propio comportamiento. Se escuchan quejas sobre el gobierno, el jefe, la pareja o la familia, con la expectativa de que sean ellos quienes mejoren. Sin embargo, la enseñanza de Jesús es clara: en lugar de exigir, debemos dar. Esto es evidente en situaciones cotidianas donde las personas dejan de actuar correctamente porque sienten que sus esfuerzos no son valorados o que no reciben la respuesta esperada.
El problema radica en que hemos aprendido a actuar en función de lo que esperamos recibir. Si nuestro esfuerzo no es reconocido, tendemos a desmotivarnos y a dejar de intentarlo. Pero la enseñanza del Evangelio nos invita a reflexionar: ¿Hemos dejado de amar, de perdonar, de confiar, simplemente porque no recibimos lo que esperábamos?
Jesús enfatiza que somos la sal de la tierra, pero advierte que si la sal pierde su sabor, ya no sirve para nada. La sal tiene propiedades esenciales: conserva los alimentos, impide la proliferación de microorganismos y realza el sabor. Esto nos enseña que nuestra función no es demandar, sino preservar y realzar lo bueno en el mundo.
Del mismo modo, somos la luz del mundo. Una luz no se enciende para esconderse, sino para iluminar a otros. Nuestro llamado es hacer brillar nuestra luz a través de nuestras acciones, de modo que otros puedan ver nuestras buenas obras y glorificar a Dios. La palabra griega kalos, usada en el pasaje, significa bueno, correcto, honrado y hermoso. Mientras que ergon se traduce como trabajo, misión o función. Esto significa que nuestras acciones deben reflejar lo mejor de nosotros, con honestidad e integridad, no para nuestra propia gloria, sino para honrar a Dios.
Un claro ejemplo de transformación es Zaqueo, quien, tras un encuentro con Jesús, cambió radicalmente su vida y pasó de ser un recaudador injusto a un hombre generoso. Este relato nos muestra que Jesús no solo predicaba, sino que impactaba vidas a través de la cercanía y el tiempo que pasaba con las personas.
Otro ejemplo es Pedro, quien experimentó un cambio profundo después de su encuentro con Jesús. A pesar de sus dudas, obedeció la instrucción de lanzar las redes al mar y fue testigo de un milagro asombroso. Su vida fue transformada al pasar tiempo con Jesús, lo que lo llevó a convertirse en un líder clave en la expansión del Evangelio.
Para ser verdaderamente sal y luz, no basta con asistir a la iglesia los domingos. La única manera de reflejar la luz de Cristo es cultivando una relación genuina con Él. En Juan 8:12, Jesús dice: "Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida". Esto implica que solo a través de una conexión real con Jesús podemos impactar a otros de manera significativa.
Si queremos ser los mejores en nuestro trabajo, en nuestro liderazgo, en nuestro servicio y en nuestras relaciones, debemos hacerlo no para engrandecernos, sino para glorificar a Dios. La transformación que buscamos en el mundo comienza con nuestra propia transformación.
El mensaje de Jesús es claro: no estamos llamados a exigir, sino a dar; no estamos llamados a escondernos, sino a brillar. Solo cuando nos acercamos a Cristo y permitimos que Él transforme nuestra vida, podemos realmente ser la sal y la luz que el mundo necesita.