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Este mensaje forma parte de la serie “Proyecto Sal”, basada en Hechos 1:8, donde Jesús encarga a sus seguidores llevar el Evangelio no solo a Jerusalén, sino hasta los confines de la tierra. A partir de este mandato, se desarrolla una profunda reflexión sobre la naturaleza de la misión cristiana: no se trata simplemente de alcanzar a las personas cercanas o similares, sino especialmente a aquellas que están más lejos espiritual y culturalmente.

La misión de Dios, aunque comenzó con los judíos, estaba diseñada para cruzar fronteras. Muchas iglesias crecen hoy a través de transferencias de creyentes entre congregaciones o por simpatizantes que se vuelven activos. Sin embargo, pocos se enfocan en alcanzar a los que realmente están lejos del mensaje de Jesús.

Una frase central resume esta idea: Dios nos ha llamado no solo a las personas que están cerca, sino a las que parecen estar más lejos de Él. Este principio se ilustra en Hechos 16, cuando el apóstol Pablo es guiado por el Espíritu Santo para salir de su zona de confort y llevar el Evangelio a Macedonia. Allí encuentra a una mujer: Lidia, quien se convierte en la protagonista de esta historia de transformación.

1. La misión de Dios comienza con escuchar su voz

En Hechos 16:6–10, Pablo y Silas planeaban predicar en Asia, pero el Espíritu Santo les cerró las puertas. Luego Pablo tiene una visión de un hombre macedonio que le ruega: “Ven a Macedonia y ayúdanos”. Esta visión los impulsa a moverse hacia una región no planeada, lo que demuestra que la dirección en la misión no proviene de planes humanos, sino de la guía divina.

Cumplir con la misión de Dios no se trata de intentar llevar el Evangelio a ‘todos’, sino de discernir a quiénes el Espíritu Santo nos está enviando.

Dios a veces llama a personas inesperadas, a quienes no consideraríamos parte del “plan”, y a lugares que no parecen prioritarios.

2. La misión de Dios no busca multitudes, busca a una persona

En Filipos, Pablo y Silas no encontraron sinagoga ni multitudes. En cambio, se dirigieron a un río donde un grupo de mujeres oraba. Allí conocieron a Lidia, una mujer de negocios, gentil y culturalmente distinta. Aunque adoraba a Dios, nunca había oído hablar de Jesús. Fue con ella con quien el Espíritu Santo los conectó.

Este episodio desafía la imagen del evangelista que predica a grandes multitudes. Aquí, el apóstol Pablo fue enviado solo por una persona. El corazón de Dios se revela en la parábola de la oveja perdida: dejar a las 99 por ir en busca de la que está perdida.

Aplicación práctica:

-Buscar lugares donde la gente ya se reúne.

-Estar atentos a conexiones significativas.

-No prejuzgar quién está “listo” para el Evangelio.

Lidia no era parte del perfil típico: mujer, extranjera, empresaria. Sin embargo, fue la que Dios había preparado. Esto revela una tensión clave: muchas veces descartamos a personas porque no encajan con nuestro “molde” espiritual.

Nunca debemos juzgar a alguien por su apariencia o condición de vida. A veces la persona que parece más adversa al Evangelio es la que está más lista para recibirlo.

3. La misión de Dios no se trata de lo que nosotros hacemos, sino de lo que el Espíritu hace

Hechos 16:14–15 narra cómo “el Señor abrió el corazón” de Lidia para que aceptara el mensaje. Esta conversión no fue resultado del talento de Pablo, sino de una obra previa del Espíritu. Dios ya había estado trabajando en Lidia antes de que Pablo llegara. Lo mismo ocurre hoy: el Espíritu de Dios prepara los corazones; nosotros solo colaboramos con lo que Él ya está haciendo.

El resultado fue transformador. Lidia creyó, fue bautizada junto con su familia y su hogar se convirtió en la primera iglesia en Europa. De una sola persona comenzó una comunidad entera. Lo que empezó como un encuentro personal se convirtió en el nacimiento de la iglesia en Filipos.

Dios puede no estar llamándote a una multitud, pero sí a uno. Tal vez ese “uno” es un amigo, un vecino, un compañero de trabajo. Puede parecer indiferente, pero Dios ya está obrando en su interior. Solo necesita que tú salgas de tu zona segura.

“Jesús está buscando a uno” nos recuerda que la misión de Dios no se mide en números ni se limita a lugares comunes. Se trata de obedecer al Espíritu, confiar en que Él trabaja en los corazones y estar dispuestos a cruzar fronteras, romper moldes y seguir a Jesús… por una persona.