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El discurso de Pedro en Hechos 2, conocido como su primera predicación pública después de la resurrección y ascensión de Jesús, constituye una proclamación poderosa de que Jesús es tanto el Señor como el Mesías. Este mensaje fue pronunciado en Jerusalén durante el Pentecostés y tiene como centro la resurrección de Cristo, la cual no solo es un hecho histórico, sino también la esperanza viva de la humanidad.

Pedro comienza defendiendo a los discípulos del malentendido de la multitud, que los acusaba de estar ebrios. En cambio, él afirma que lo que está ocurriendo es el cumplimiento de la profecía del profeta Joel: Dios ha comenzado a derramar su Espíritu sobre toda carne, señal de que los "últimos días" han comenzado. Esta expresión no debe entenderse en sentido negativo, como una era de destrucción, sino como el inicio del reinado mesiánico prometido a Israel.

Pedro dirige su mensaje a un pueblo que ya creía en Dios, los judíos, quienes esperaban el cumplimiento de la promesa de un Mesías, descendiente de David. La predicación no se enfoca en moralismos ni en buenas obras, sino en el hecho transformador de la resurrección de Jesús. Pedro argumenta que esta resurrección es la prueba de que Jesús es el Mesías esperado, y va más allá, afirmando que también es el Señor exaltado a la diestra de Dios.

Para demostrar esto, Pedro recurre a dos salmos escritos por David: el Salmo 16 y el Salmo 110. En el primero, David habla de no ser abandonado en el Hades ni de que su cuerpo vea corrupción. Pedro explica que David no hablaba de sí mismo, ya que su tumba aún estaba entre ellos, sino que hablaba proféticamente del Mesías. Jesús es quien verdaderamente no fue abandonado a la muerte ni vio corrupción, porque fue resucitado por Dios. En el segundo salmo, David describe una conversación entre el Señor y "mi Señor", afirmando que este será exaltado a la diestra de Dios hasta que todos sus enemigos sean puestos por estrado de sus pies. Pedro interpreta que este "Señor" es Jesús, quien ha sido exaltado por Dios como prueba de su Señorío.

La resurrección no es un final feliz para Jesús, sino un nuevo comienzo para todos. Si Jesús no hubiera resucitado, la fe cristiana estaría vacía. Pero si la tumba está vacía, entonces todo cambia: el reino de Dios ha comenzado y hay salvación para quienes invoquen el nombre del Señor.

Pedro también subraya que la resurrección de Jesús no puede separarse de su muerte. Aunque Jesús fue entregado a la cruz por hombres malvados, esto ocurrió según el plan de Dios. La cruz representa el clímax del plan salvífico divino. Fue allí donde la maldad del mundo —tanto política como religiosa— se volcó sobre el inocente. Sin embargo, en lugar de ser derrotado, Jesús triunfó al resucitar, anulando así el poder del mal. La resurrección demuestra que Jesús no solo venció a la muerte, sino que adquirió el derecho de reinar sobre todo.

Este mensaje impactó profundamente a los oyentes. Conmovidos, preguntaron: “¿Qué haremos?” Pedro respondió con un llamado claro al arrepentimiento: “Arrepiéntanse y sean bautizados en el nombre de Jesucristo para el perdón de sus pecados y recibirán el don del Espíritu Santo”. Esta promesa es para todos: los presentes, sus hijos y todos los que estén lejos, siempre que el Señor los llame.

La aplicación práctica del mensaje es clara: la respuesta adecuada a la proclamación de Jesús como Señor y Mesías es el arrepentimiento y el compromiso con su reino. En un mundo donde las consecuencias del pecado parecen inevitables, como en un tobogán del cual no se puede regresar, Jesús se presenta como el único rescatador. Él no solo redime, sino que da acceso a una nueva vida bajo su reinado.

Pedro proclama que Jesús, a quien los líderes religiosos crucificaron, ha sido exaltado por Dios como Señor y Cristo. La resurrección prueba que Él es el Rey prometido, el cumplimiento de las profecías y el Señor del universo. Este mensaje sigue vigente hoy: Jesús resucitó, reina con poder y nos invita a formar parte de su reino eterno, comenzando aquí y ahora. La invitación es clara: arrepiéntanse, crean y únanse al Reino de Dios que está creciendo y nunca será vencido.