El mensaje parte del Salmo 72, un texto poético y profético que describe el reino justo y compasivo del Mesías. Este salmo, atribuido a Salomón, no solo ora por un rey terrenal, sino que apunta a una visión gloriosa del gobierno perfecto de Jesucristo. En él, se dibuja un reino donde hay justicia para los pobres, paz, prosperidad y adoración universal hacia el rey. La figura descrita se alinea más con Cristo que con cualquier rey humano: alguien que rescata a los oprimidos, valora cada vida y extiende su dominio de mar a mar.
¿Qué pasaría si Jesús fuera presidente? En un mundo decepcionado por los líderes políticos, el texto plantea que ningún gobierno humano puede ocupar el lugar de Cristo. El problema no es solo político: es espiritual. La esperanza verdadera está en el Reino de Dios, no en las promesas terrenales.
Jesús no solo reinará en el futuro, sino que ya está reinando desde su resurrección. La ascensión y la llegada del Espíritu Santo marcan el inicio de esta nueva era. Sin embargo, aún vivimos en una tensión entre “el ya y el todavía no” del Reino. Jesús ya ha comenzado a poner las cosas en orden, pero la restauración completa ocurrirá cuando Él regrese. Esta esperanza se muestra vívidamente en Apocalipsis 21, donde Dios promete hacer nuevas todas las cosas, secar toda lágrima y erradicar el dolor.
El Reino de los Cielos, por tanto, ya está presente, pero no en su totalidad. A través de Cristo, la vida del cielo ha comenzado a colonizar la tierra. Esta visión debe transformar nuestra forma de vivir hoy. No se trata de esperar pasivamente el cielo, sino de vivir activamente como ciudadanos del Reino.
El Reino se manifiesta hoy a través de la iglesia. La iglesia no es un club social, sino una comunidad llamada a una misión: anunciar con su vida y sus palabras que Jesús es el Señor. Vivir en el Reino es aceptar una vocación: ser agentes de transformación en medio de un mundo quebrado. No se trata solo de milagros visibles, sino de una vida transformada que refleja el carácter del Rey: justicia, compasión, generosidad, esperanza.
La iglesia vive entre dos realidades: la vieja creación que se resiste a morir, y la nueva creación que ya ha comenzado. Por eso, la oración que debe guiar a la comunidad cristiana no es “Señor, llévanos al cielo”, sino “Señor, venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.
La iglesia primitiva es presentada como ejemplo de esta vivencia del Reino. En Hechos 2 y 4, vemos una comunidad que vive distinta: se dedica a la enseñanza, la comunión, la oración y el partimiento del pan. Estas prácticas no solo forman una vida espiritual intensa, sino una transformación social concreta. Se da testimonio de una justicia económica real, donde no hay necesitados porque todos comparten lo que tienen. Esta comunidad resuelve problemas como el abandono, la pobreza y la soledad desde lo local, no desde el poder central.
El Reino crece desde lo débil y marginado. Mientras el mundo confía en los poderosos para cambiar las cosas, Jesús eligió comenzar con los olvidados. Su Reino es como la levadura o la semilla de mostaza: comienza pequeño pero transforma todo a su alrededor. A lo largo de la historia, la iglesia ha encarnado este principio en acciones como la fundación de hospitales y universidades.
No se trata de esperar que el gobierno resuelva todo, sino de comenzar desde nuestras iglesias, barrios y relaciones. Jesús ha derrotado el pecado y ha dado su Espíritu para que vivamos con un corazón transformado, libre de egoísmo, codicia y envidia.
El futuro glorioso que describe el Salmo 72 ya está en movimiento. No vivimos solo por lo que vemos, sino por lo que Dios ha prometido. Por eso, estamos llamados a anticipar ese Reino, a vivir desde hoy como si ya estuviéramos allí. Que nuestra oración sea constante: “Venga tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.