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La parábola de los obreros de la viña narrada en Mateo 20 nos invita a mirar la vida cristiana desde la perspectiva de la gracia. En el relato, el dueño de la viña sale en diferentes momentos del día para contratar trabajadores. Al llegar la tarde, aún encuentra a algunos desocupados y les da la misma paga que a quienes trabajaron desde la mañana. Esa aparente “injusticia” revela una verdad profunda: en el Reino de Dios no se trata de méritos, sino de gracia.

La iglesia que celebra once años de existencia recibe una palabra profética vinculada con este pasaje. El número once, según la enseñanza bíblica, representa transición: un momento liminal entre lo viejo y lo nuevo, una estación de espera donde la fe, la obediencia y la paciencia son probadas. No es casualidad que este aniversario sea descrito como “la hora undécima”, un tiempo de frontera en el que Dios prepara lo venidero.

La predicación resalta dos características esenciales de la generación de la undécima hora. En primer lugar, se trata de una generación probada. Aquellos obreros que permanecieron todo el día sin ser contratados conocieron de primera mano la experiencia del rechazo y la postergación. Estuvieron allí, esperando, con la sensación de haber llegado tarde, de no tener lugar, de ser olvidados. ¿Quién no se ha sentido alguna vez así, viendo que otros reciben respuestas, mientras la propia oración parece quedar en silencio? Sin embargo, la enseñanza central es que la espera no es pérdida, sino preparación. Dios guarda lo mejor para el final y el aparente retraso es en realidad una estrategia divina para madurar el corazón. Aunque los hombres descarten, el Señor recuerda: “Yo te llamé por nombre, eres mío” (Isaías 43:1).

En segundo lugar, esta generación experimenta la gracia de Dios. Los obreros de la hora undécima recibieron la misma paga que los primeros. El mundo recompensa según esfuerzo y tiempo, pero el Reino recompensa según la bondad del Rey. Es un recordatorio de que nuestra salvación no depende de obras ni de currículum espiritual, sino del regalo inmerecido de Dios (Efesios 2:8–9). En este sentido, la generación de la undécima hora es aquella que aprende a vivir no por lo que merece, sino por lo que Cristo ya ganó en la cruz.

Sus montañas no serán vencidas con fuerza propia, sino por la proclamación de gracia sobre gracia (Zacarías 4:7). De este modo, el once anuncia el borde de un cambio, pero el doce representa plenitud y gobierno. El once es tránsito, pero el doce es establecimiento: doce tribus de Israel, doce apóstoles, doce puertas de la Nueva Jerusalén. Caminar once años como iglesia significa haber sido entrenados en la paciencia, pero entrar en el doceavo simboliza el inicio de un tiempo de mayor autoridad, plenitud espiritual y cumplimiento de promesas. Es la transición de la prueba a la promesa.

La parábola, más allá de ser un relato antiguo, es también un retrato del Reino. Jesús mismo nos recuerda que el Reino de los cielos se parece a un dueño que sale constantemente a buscar obreros. Esta es la esencia de la gracia: un Dios que no se cansa de llamar, que insiste, que abre espacio para el que siente que llegó tarde. Todavía resuena su voz: “Ven, aún hay lugar para ti”. Nadie queda excluido de la invitación, porque “ahora es el tiempo favorable, ahora es el día de salvación” (2 Corintios 6:2).

Muchos piensan que su hora ya pasó, que los años, los errores o las oportunidades perdidas les robaron el turno. Pero en el Reino, la undécima hora es todavía la hora del llamado. La salvación llega en el tiempo oportuno, aunque parezca tardía según los cálculos humanos. Esta parábola nos enseña que con Dios nunca es demasiado tarde: siempre hay gracia suficiente para el último.

Así, la predicación se convierte en una declaración de identidad: no hemos llegado tarde, somos la generación de la undécima hora. La iglesia que celebra once años no está simplemente acumulando tiempo, sino entrando en un espacio profético donde la espera dará paso a la plenitud. El mensaje culmina con una afirmación de esperanza: lo mejor aún está por venir. La gloria postrera será mayor que la primera (Hageo 2:9). La cosecha está delante y aquellos que han sido probados serán también participantes de la abundancia.

En resumen, la parábola de Mateo 20 se hace vida en esta enseñanza: Dios llama a su viña en todo tiempo, sin descartar a nadie, sin medir por méritos, sino derramando gracia. El once simboliza transición, el umbral de lo nuevo, mientras que el doce apunta a la plenitud de su propósito. La generación de la undécima hora es aquella que, aun después de ser probada en la espera, experimenta la abundancia inmerecida del amor divino. Y esa generación no está lejos ni perdida en la historia; esa generación somos nosotros.

Hoy se proclama con convicción que el tiempo de gracia no ha terminado. Todavía hay lugar en la viña, todavía hay denarios de misericordia reservados, todavía hay promesas que se cumplirán. La undécima hora no es señal de final, sino anuncio de comienzo. Es la certeza de que, en el Reino, la historia siempre se escribe con un capítulo más, donde la gracia supera la lógica y donde el último puede ser contado entre los primeros.