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En el prólogo del evangelio de Juan (1:1-9), Jesús es presentado como la Palabra, la Vida y la Luz, elementos fundamentales para comprender su identidad y su misión en el mundo. La "Palabra" (logos) no es solo un concepto filosófico, sino la encarnación de la revelación divina que crea, sostiene y da vida a todas las cosas. Jesús no es simplemente un profeta o maestro; Él es Dios mismo, eterno y el creador de todo lo que existe. A través de Él, Dios ofrece vida abundante y eterna a quienes creen en Él, destacando que la verdadera plenitud no se encuentra en logros personales, sino en conocer a Jesús.

La "luz" que representa a Jesús ilumina la oscuridad del pecado y el caos del mundo, trayendo claridad, verdad y salvación. La luz de Jesús es invencible, pues nunca puede ser apagada por la oscuridad. Además, vivir en Su luz implica seguir Su ejemplo y enseñanzas, guiándonos hacia una vida moralmente recta y plena.

El pasaje también menciona a Juan el Bautista, quien fue un testigo de la luz, preparando el camino para Jesús. Esto nos invita a ser, como Juan, testigos de la luz, reflejando a Jesús en nuestras vidas y guiando a otros hacia Él.

En la temporada navideña, el mensaje es claro: no nos dejemos distraer por lo superficial de las celebraciones y recordemos que Jesús es el centro, la verdadera fuente de vida, luz y propósito. El llamado es a vivir en Su luz, reflejarla y compartirla con otros, para que todos puedan experimentar la vida abundante que Él ofrece.