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El capítulo 12 de la primera carta a los Corintios nos abre una ventana a la vida de una iglesia vibrante, llena de dones espirituales, pero al mismo tiempo inmadura, desordenada y dividida. Pablo escribe a una comunidad que se gloriaba en los dones, pero que había olvidado el propósito fundamental de estos: edificar el cuerpo de Cristo y reflejar la unidad en la diversidad. Lo que debía ser una manifestación gloriosa del Espíritu, se había convertido en motivo de competencia, orgullo y confusión.

Pablo comienza recordando que nadie puede confesar genuinamente que “Jesús es el Señor” si no es por el Espíritu Santo. La verdadera espiritualidad no se mide por el espectáculo, la intensidad emocional ni la exaltación personal, sino por la centralidad de Cristo. Esto es un llamado contundente: los dones espirituales no son una vitrina para demostrar cuán “ungidos” somos, sino la evidencia de que el Espíritu habita en medio de su iglesia para glorificar a Jesús y bendecir a otros.

En este pasaje, Pablo establece tres principios fundamentales. Primero, los dones provienen de un mismo Espíritu, aunque se manifiestan de manera distinta. Segundo, hay diversas maneras de servir, pero el Señor es el mismo. Y tercero, hay diversas funciones, pero es un mismo Dios quien lo hace todo. Esta tríada nos recuerda que la diversidad de dones no debe dividirnos, sino integrarnos. La pluralidad de expresiones espirituales es parte del diseño divino, porque ningún miembro de la iglesia es autosuficiente ni tiene todo lo que el cuerpo necesita.

Sin embargo, la reflexión más confrontante es que los dones espirituales no son un fin en sí mismos, sino medios para servir. Pablo declara que a cada uno se le da una manifestación especial del Espíritu “para el bien de los demás”. Esto confronta la mentalidad individualista con la que muchas veces vivimos la fe. El Espíritu no reparte dones para inflar el ego de los creyentes, sino para que cada uno aporte a la edificación común. Tu don no es para ti; tu don es para nosotros.

La advertencia de Pablo a los corintios también es válida para nuestra generación. Muchas veces la iglesia ha imitado modelos paganos de lo sobrenatural: convertir lo profético en adivinación, reducir la sanidad a un espectáculo, o usar las lenguas como medalla de superioridad. Pablo es enfático: el modelo no es lo pagano ni lo emocional, sino lo bíblico y lo cristocéntrico. Los dones no son herramientas de manipulación ni mecanismos para impresionar, son expresiones de la gracia de Dios que deben usarse en sujeción al orden y bajo el amor.

Otro aspecto crucial que Pablo recalca es la unidad del cuerpo. Usa la poderosa metáfora del cuerpo humano para ilustrar que todos somos necesarios, desde el miembro más visible hasta el que parece más débil. Ningún don es más valioso que otro, y ninguna persona en la iglesia es prescindible. La mentalidad de “no te necesito” contradice el diseño del Espíritu. El don que tú tienes me complementa; el don que yo tengo te edifica. El orgullo y la competencia rompen la dinámica del Espíritu, mientras que la dependencia mutua revela la verdadera espiritualidad.

Aquí surge una verdad incómoda: en muchas iglesias, ciertos dones han sido exaltados por encima de otros, generando jerarquías espirituales ficticias. Algunos ministerios han hecho creer que los que hablan en lenguas o los que profetizan son más espirituales que los que sirven, enseñan o administran. Pablo derriba esa mentira afirmando que los miembros que parecen menos honorables reciben de parte de Dios más honra. En el reino de Dios, la escala de valor es invertida: lo oculto es indispensable, lo débil es vital, y lo pequeño tiene gran significado.

Pero Pablo no solo corrige el desorden de la iglesia de Corinto, sino que también establece un principio de autoridad. Dios ha diseñado una estructura dentro de la iglesia: primero apóstoles, luego profetas, después maestros y así sucesivamente. Esto significa que los dones espirituales, por gloriosos que sean, no nos dan licencia para saltarnos el orden de Dios. Profetizar no te autoriza a pasar por encima de los pastores; hablar en lenguas no justifica interrumpir el orden del culto. El Espíritu Santo no es un agente de caos, sino de edificación, y siempre se mueve en el marco de la autoridad que Dios ha establecido.

La frase central de esta enseñanza resuena con fuerza: “El Espíritu Santo te dio un don, no para que te quedes sentado, sino para que seas parte del mover sobrenatural de Dios en su iglesia”. Este es un llamado a despertar, a dejar de ver los dones como un accesorio opcional o como un trofeo espiritual, y entender que son herramientas divinas para que la iglesia cumpla su misión.

Al final, Pablo nos recuerda que lo más importante no es el don que poseemos, sino el amor con el que lo ejercemos. Los dones sin amor se convierten en ruido vacío, en un espectáculo sin propósito. La iglesia necesita desesperadamente recuperar una espiritualidad centrada en Cristo, dependiente del Espíritu y marcada por la unidad y el amor.

Hoy, el reto es preguntarnos: ¿estamos manifestando los dones del Espíritu de una manera que glorifique a Dios y edifique a su iglesia, o los estamos usando para engrandecer nuestro nombre? ¿Estamos viviendo como un cuerpo interdependiente, o seguimos compitiendo por posiciones y reconocimiento? La verdadera evidencia de la obra del Espíritu no es cuán alto gritamos, cuántas lenguas hablamos o cuántos milagros vemos, sino cuánto Cristo se hace visible en medio nuestro.

El Espíritu Santo anhela moverse en la iglesia de hoy como lo hizo en la del primer siglo, pero Él busca corazones dispuestos a servir, a vivir en orden, a someterse a la autoridad y a ejercer sus dones en amor. Que no seamos una iglesia que funciona con el 95% de nuestras fuerzas humanas, sino una iglesia que depende 100% del poder y la guía del Espíritu. Solo entonces, el mundo verá la gloria de Dios manifestada en nosotros.