El mensaje central del texto gira en torno a una verdad espiritual poderosa: la verdadera victoria no está en nuestras capacidades humanas, sino en la comisión de Dios. A través del relato bíblico de Josué y la derrota en Hai (Josué 7 y 8), se expone cómo la desobediencia, el orgullo y la autosuficiencia pueden llevar al fracaso, incluso cuando la tarea parece fácil. El pueblo de Israel había obtenido una gran victoria en Jericó, lo cual pudo haber generado en ellos una falsa seguridad. Confiados en su fuerza, enfrentaron la siguiente batalla en Hai sin consultar a Dios ni buscar su dirección. El resultado fue una derrota humillante.
Israel envió solamente tres mil soldados a Hai, creyendo que su número sería suficiente. Sin embargo, fueron vencidos y sufrieron bajas. Josué, confundido y angustiado, se postró ante Dios, cuestionando por qué habían sido derrotados. Entonces, Dios le revela que el pueblo había pecado: habían desobedecido el mandato divino de destruir completamente el botín de Jericó. Ese pecado, oculto entre ellos, rompía la comunión con Dios y, como consecuencia, perdían su respaldo.
Este evento resalta una lección vital: el éxito de una misión no depende de nuestras habilidades o experiencia, sino de si hemos sido enviados por Dios. Cuando actuamos desde una posición de independencia —creyendo que podemos solos, sin buscar la voluntad de Dios—, nos exponemos a la derrota. Por otro lado, cuando operamos desde la dependencia, conscientes de que somos comisionados por Dios, recibimos dirección, respaldo y victoria.
Piensa en los dones y habilidades que han recibido de Dios: ya sea talento para organizar, diseñar, cantar, enseñar, liderar, etc. Aunque la práctica y la experiencia mejoran nuestras destrezas, el verdadero impacto se logra cuando somos conscientes de que todo proviene de Él. Se narra, a modo personal, la experiencia del primer mensaje compartido, marcado por oración, nervios y total dependencia de Dios. Con el tiempo, la práctica y la capacitación aportan confianza, pero la clave es no olvidar que la fuente del don y su éxito está en la comisión.
La historia de Josué se convierte en una ilustración directa de lo que ocurre cuando las personas actúan en su propio entendimiento y fuerza. El pueblo no consultó a Dios antes de ir a la batalla en Hai; simplemente evaluaron la situación con lógica humana. Dios, sin embargo, no los había enviado, y esa desobediencia espiritual trajo consecuencias. Solo después de volver a Dios en arrepentimiento, purificar el campamento del pecado y consagrarse nuevamente, fue que el Señor les aseguró la victoria sobre Hai.
Se conecta esta enseñanza con otros personajes bíblicos como Jonás —quien huyó de la comisión divina y enfrentó consecuencias— y Jesús, quien es el ejemplo supremo de dependencia total del Padre. Jesús declaró: “Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta” (Juan 5:30) y que solo decía lo que el Padre le ordenaba (Juan 12:49-50). Esta actitud de completa obediencia y dependencia debe ser el modelo de vida cristiana.
Dios no solo da una comisión, sino que equipa, capacita y respalda con poder a quienes Él envía. Marcos 16:15-20 muestra cómo los discípulos obedecieron el mandato de Jesús de ir por todo el mundo, y el Señor confirmaba su palabra con señales. Así, la victoria está asegurada cuando caminamos bajo la dirección del Espíritu Santo y actuamos conforme a la voluntad de Dios.
Es vital reconocer que las victorias no dependen de lo buenos que seamos en algo, sino de la capacidad de Dios en nosotros. Israel fracasó porque operó desde la independencia. Sin embargo, al volver a depender de Dios, obtuvo la victoria. El llamado final es a vivir una vida consciente de la comisión divina, reconociendo que el verdadero éxito no se basa en nuestro esfuerzo, sino en nuestra obediencia y comunión con Dios. Solo así, incluso las batallas más grandes pueden ser ganadas, y aquellas aparentemente pequeñas no se convertirán en derrotas inesperadas. La victoria está, siempre, en la comisión.