El pasaje de 1 Corintios 3–4 presenta una enseñanza profunda sobre el verdadero liderazgo cristiano a la luz de la cruz de Cristo. Pablo confronta a la iglesia de Corinto porque estaban mostrando inmadurez espiritual, dividiéndose en grupos que seguían a diferentes líderes: “Yo sigo a Pablo” o “Yo sigo a Apolos”. Para Pablo, este tipo de rivalidad reflejaba una visión humana y superficial del liderazgo, más basada en la popularidad y el carisma que en la fidelidad al Evangelio.
Pablo aclara que él y Apolos no eran más que siervos de Dios. Él sembró, Apolos regó, pero el crecimiento vino de Dios. De esta manera subraya que ningún líder merece exaltación, porque la obra y el fruto siempre provienen del Señor. El verdadero liderazgo, entonces, no se mide por la relevancia, el estilo o la popularidad, sino por la fidelidad al mensaje de la cruz y a la misión de Dios.
Qué tipo de líderes admiramos y seguimos. En la cultura actual, tanto dentro como fuera de la iglesia, es común que se valore más el carisma, la oratoria, la fama en redes sociales o la apariencia de éxito. Incluso dentro de la vida cristiana, muchos son tentados a seguir a celebridades e “influencers cristianos” antes que a pastores que confrontan, corrigen y forman carácter. La enseñanza paulina revela que este modelo de liderazgo es frágil y egocéntrico, porque centra la atención en el hombre y no en Cristo.
Pablo contrasta este tipo de liderazgo con uno fundamentado en tres principios esenciales:
I. El liderazgo no se trata de ser espectacular, sino de ser fiel al Evangelio (1:10–17).
El problema de las divisiones en Corinto radicaba en que los creyentes habían malinterpretado tanto el evangelio como el liderazgo. Asociarse con un líder famoso o carismático era, en el fondo, una forma de exaltarse a sí mismos. Esto se asemeja al actual “culto a la celebridad” en el mundo cristiano, donde algunos se identifican con predicadores conocidos como si escuchar sus mensajes sustituyera la pertenencia a una comunidad local.
Pablo insiste en que Cristo no está dividido y que ningún líder humano murió por ellos. La centralidad está en la cruz de Cristo, no en el brillo de los discursos humanos. El liderazgo fiel, por tanto, no busca deslumbrar ni impresionar, sino mantener el mensaje de la cruz con claridad y poder, evitando que se diluya en estrategias humanas.
II. El liderazgo no se trata de ser relevante, sino de ser fiel a la misión (3:1–15).
Pablo reprocha a los corintios por su inmadurez espiritual: aún se dejan guiar por criterios humanos como la relevancia y la popularidad. La comunidad está llamada a ser guiada por el Espíritu, pero sus divisiones demostraban lo contrario. Pablo enfatiza que cada líder cumple un rol distinto en la misión: él sembró y Apolos regó, pero solo Dios da el crecimiento. No existe competencia entre ellos, sino colaboración en un mismo propósito.
El liderazgo auténtico no es una lucha por ser el favorito o el más admirado, sino una entrega conjunta para que Dios sea glorificado. Pablo advierte también sobre la responsabilidad de edificar bien sobre el fundamento, que es Cristo. La calidad de la obra de cada líder será probada por el fuego en el día del juicio. Por eso, lo que cuenta no es solo el resultado visible, sino la motivación y la fidelidad con la que se construye.
Además, recuerda que la iglesia es el templo de Dios, habitado por su Espíritu. Dividirla o dañarla es un pecado grave que trae consecuencias. Esto implica que buscar relevancia personal, en lugar de colaborar con humildad, es atentar contra el mismo templo del Señor.
III. El liderazgo no se trata de ser poderoso, sino de sacrificarse por las personas (4:9–13).
El modelo de Pablo muestra que el liderazgo según la cruz no busca poder, prestigio ni beneficio personal, sino servicio y sacrificio. Los apóstoles, lejos de gozar de privilegios, vivían en condiciones difíciles: hambre, desprecio, persecución, falta de techo y trabajo duro. Ante las maldiciones, respondían bendiciendo; ante la persecución, soportaban; ante la calumnia, respondían con gentileza.
Este estilo contrasta radicalmente con los modelos de poder del mundo, donde el liderazgo se mide por influencia o control. Para Pablo, ser líder significaba ser considerado “la basura del mundo” a los ojos humanos, pero era precisamente en esa debilidad donde se revelaba la sabiduría de Dios. La cruz redefine el poder: ya no es dominio sobre otros, sino entrega por amor.
El mensaje de Pablo no es solo para pastores, sino para toda la iglesia. Cada creyente lidera en distintos contextos: en el hogar, en el trabajo, en la comunidad. La pregunta es qué clase de liderazgo ejercemos: uno que busca ser admirado y servido, o uno que imita el sacrificio de Cristo.
Asimismo, se invita a reflexionar en la manera de relacionarse con los líderes de la iglesia. ¿Se promueve la unidad o la división? ¿Se comparan unos con otros? ¿Se valora más la apariencia y popularidad que la fidelidad y el corazón pastoral?
El liderazgo centrado en la cruz nos recuerda que el único pedestal en el reino de Dios no es para ningún hombre, sino para Cristo crucificado. El verdadero poder del reino no se manifiesta en palabras bonitas ni en carisma humano, sino en el poder transformador del Evangelio cuando los líderes viven y sirven de manera sacrificial.
Pablo redefine el liderazgo cristiano al señalar que no se trata de ser espectacular, relevante o poderoso, sino de ser fiel al Evangelio, a la misión y a las personas. El líder conforme a la cruz no busca gloria personal, sino que se entrega humildemente al servicio, confiando en que el crecimiento y el fruto provienen solo de Dios.
Este modelo es profundamente contracultural, porque en lugar de exaltar la fama y el reconocimiento, exalta la debilidad, el sacrificio y la dependencia de Dios. Cuando los líderes de la iglesia y los creyentes en general adoptan este estilo de vida, se manifiesta en medio de la comunidad el verdadero poder del reino: el poder transformador del Evangelio que cambia corazones y une a la iglesia bajo un solo fundamento, Jesucristo.