Este mensaje nos confronta con una realidad común: muchas veces posponemos decisiones importantes bajo la excusa de “aún no estoy listo”. Así como se aplazan rutinas de ejercicio, dietas o cambios personales por diversas razones —la visita de familiares, vacaciones, o una agenda saturada—, también postergamos decisiones espirituales clave, como acercarnos a Dios o bautizarnos.
Vivimos en una cultura que constantemente nos envía mensajes que refuerzan la espera: “cuando estés más preparado”, “cuando entiendas más”, “cuando seas mejor persona”. Estas frases nos condicionan a creer que necesitamos alcanzar cierto nivel de conocimiento, madurez o santidad antes de poder buscar a Dios.
Pero el relato del eunuco etíope en Hechos 8 rompe por completo con esa lógica.
En Hechos 8:26–40, se narra cómo Felipe, guiado por el Espíritu, se encuentra en el camino del desierto con un alto funcionario etíope que regresaba de Jerusalén. Aunque había ido a adorar, aún no comprendía completamente el mensaje de salvación. Estaba leyendo el pasaje de Isaías 53, sin saber a quién se refería.
Felipe se le acerca, guiado por Dios, y le explica que ese Siervo sufriente del que hablaba el profeta es Jesús. A partir de ese pasaje, Felipe le anuncia las buenas nuevas.
Este encuentro no fue una coincidencia; Dios lo preparó. El eunuco escucha, cree y, al ver agua, hace una pregunta fundamental: “¿Qué impide que yo sea bautizado?”. No puso excusas. No esperó más señales. No dijo: “cuando entienda mejor”, o “cuando sea un mejor creyente”. Vio el agua y decidió actuar. Felipe tampoco puso barreras. No le dijo que debía tomar clases, ni que esperara más. Lo bautizó inmediatamente.
Este episodio bíblico destaca que Jesús no espera que estemos “listos” en términos humanos, sino que respondamos con fe. Muchos se sienten indignos por su pasado o su pecado. Algunos creen que tienen que tener todo resuelto o ser “mejores personas” antes de acercarse a Dios. Pero el evangelio no es para los perfectos.
Es para los necesitados. Para los que saben que no pueden cambiar por sí solos.
De hecho, el eunuco tenía una barrera real según la ley del Antiguo Testamento (Deuteronomio 23:1), ya que por su condición física no podía entrar plenamente al templo. Y aún así, Dios lo busca y le ofrece acceso completo a través de Jesús. La buena noticia es que Jesús vino precisamente a derribar esas barreras. El pasaje que leía el eunuco, Isaías 53, anuncia al Mesías sufriente que fue traspasado por nuestras rebeliones y aplastado por nuestros pecados. Él cargó nuestras culpas para que nosotros pudiéramos ser sanados y reconciliados con Dios.
La cruz se convierte entonces en el lugar donde toda barrera entre Dios y el ser humano es eliminada. Jesús fue rechazado para que nosotros fuéramos aceptados. Sufrió para que fuéramos restaurados. Fue humillado para que nosotros recibiéramos dignidad. No hay pecado, ni pasado, ni condición que Jesús no pueda transformar.
Por eso, cuando el eunuco preguntó si había algo que le impedía ser bautizado, la única condición que Felipe menciona es: “Si crees de todo corazón”. No se trataba de estar limpio antes, sino de reconocer la necesidad de ser limpiado. El bautismo no es una muestra de perfección, sino un acto público de rendición. Es una decisión valiente que dice: “Necesito a Jesús. Quiero que Él tome el control de mi vida”.
Muchos postergan esta decisión pensando que necesitan sentir algo especial, cambiar primero o entenderlo todo. Pero el evangelio llama a responder hoy. El momento no será perfecto, porque nunca lo será si lo medimos con estándares humanos. Hoy es el día aceptable. Hoy es el día de salvación. El mensaje finaliza invitando a reflexionar: ¿Qué te impide dar ese paso hoy? ¿Qué te impide rendirle tu vida a Jesús?
La aplicación es clara: no pospongas más. No necesitas tenerlo todo resuelto, ni entender todo teológicamente. Solo necesitas reconocer tu necesidad de Jesús y permitirle comenzar una obra en ti. Así como el eunuco descendió al agua, hoy también tú puedes comenzar una nueva vida con Jesús.
El mensaje cierra celebrando que el bautismo es el inicio de una transformación, no la prueba de que ya estás transformado completamente. Es el comienzo de un camino con Jesús, quien cada día nos limpia, nos guía y nos transforma desde adentro. El agua no te hace perfecto. Jesús te hace nuevo.