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El relato de Moisés y la zarza ardiente (Éxodo 3:1 - 4:17) narra un encuentro transformador con Dios que redefine su identidad y su llamado. Moisés, tras pasar cuarenta años en el desierto cuidando ovejas, es testigo de un fenómeno extraordinario: una zarza en llamas que no se consume. Al acercarse, Dios le habla y le encomienda la misión de liberar a Israel de Egipto.

Dios revela su compasión por el sufrimiento de su pueblo y llama a Moisés para ser su instrumento de liberación. Sin embargo, Moisés responde con cinco excusas:

1. Quién soy yo? (3:11). Moisés duda de su capacidad, pero Dios le asegura que estará con él. La seguridad no está en su identidad, sino en la presencia de Dios.

2. ¿Cuál es tu nombre? (3:13). Dios responde: "Yo Soy el que Soy", revelando su naturaleza eterna y su soberanía. Esta declaración es retomada por Jesús en el Nuevo Testamento, vinculándolo con la divinidad.

3. ¿Y si no me creen? (4:1). Dios le da tres señales: la vara convertida en serpiente, la mano leprosa y el agua convertida en sangre. Moisés debe confiar en que Dios respalda su llamado.

4. No tengo facilidad de palabra (4:10). Moisés expresa inseguridad, pero Dios le recuerda que él es quien da la capacidad de hablar.

5. Envía a otro (4:13). Moisés finalmente muestra su falta de disposición, lo que provoca la ira de Dios, quien designa a Aarón como su portavoz.

El encuentro de Moisés con la zarza ardiente ilustra cómo Dios llama a las personas a pesar de sus debilidades. Las excusas de Moisés reflejan nuestras propias dudas y temores ante el llamado divino. La clave no está en nuestras habilidades, sino en confiar en la presencia y el poder de Dios.

Jesús es la respuesta a nuestro problema de inseguridad. Como Moisés tuvo que detenerse y observar la zarza, nosotros también debemos hacer pausa en nuestras vidas para reconocer cómo Dios nos habla. En una cultura de consumo rápido y distracciones, es esencial darle tiempo y atención a Dios para no perdernos los encuentros divinos.

El llamado de Dios exige disposición, no perfección. Así como Moisés fue transformado por su encuentro con Dios, nosotros también podemos serlo si dejamos de lado nuestras excusas y respondemos con fe y obediencia.