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El capítulo 5 de la primera carta a los Corintios es uno de los textos más confrontativos y contra-culturales del Nuevo Testamento. Pablo denuncia un caso de inmoralidad sexual dentro de la iglesia: un hombre que convivía con la esposa de su padre. Lo sorprendente no era solo el pecado en sí —que ni siquiera los paganos toleraban—, sino la actitud de la iglesia que lo aceptaba e incluso se sentía orgullosa de su supuesta "madurez" al no condenarlo.

Ante esta situación, Pablo recuerda una verdad fundamental: el pecado tolerado contamina a toda la comunidad, como un poco de levadura que fermenta toda la masa. Por eso, exhorta a los creyentes a juzgar el pecado, aplicar disciplina y mantener la pureza de la comunidad, no desde un legalismo frío, sino con el propósito de restauración y salvación.

1. El pecado no puede tolerarse (vv. 1–3)

Pablo no centra su corrección únicamente en el pecador, sino en la iglesia que lo toleraba. La congregación había confundido gracia con permisividad. En lugar de lamentar lo sucedido y buscar restauración, lo normalizaron. Esto muestra una distorsión del evangelio: una iglesia que no entiende la gravedad del pecado pierde la capacidad de discernir la voluntad de Dios.

Hoy vivimos algo similar. Nuestra cultura celebra la “tolerancia” como el máximo valor, y muchas veces la iglesia adopta esa mentalidad, aceptando lo que Dios llama pecado en nombre de la inclusión o de una falsa misericordia. Pero un amor que nunca confronta no es amor; es indiferencia disfrazada. Así como un médico debe diagnosticar lo que está mal antes de proponer un tratamiento, la iglesia está llamada a juzgar el pecado con un fin redentivo, no condenatorio.

Aceptar a Cristo implica abrazar su visión de la vida, de la sexualidad, de la santidad. No podemos pretender seguir a Jesús mientras mantenemos los parámetros del mundo. La iglesia de Corinto había olvidado que ser discípulo significa dejar atrás los conceptos culturales de pecado y adoptar la cosmovisión bíblica.

2. El juicio de Dios es para salvación (vv. 4–5)

Pablo instruye a los corintios a “entregar a ese hombre a Satanás para destrucción de su carne, a fin de que su espíritu sea salvo en el día del Señor”. Esta expresión, aunque dura, no busca condena eterna, sino disciplina restauradora. Expulsar a alguien de la comunidad significaba dejarlo fuera de la cobertura espiritual de la iglesia, para que enfrentara las consecuencias de su pecado y, en ese proceso, volviera arrepentido a Dios.

Es un acto similar al del hijo pródigo: a veces tocar fondo es lo que despierta el verdadero arrepentimiento.

La disciplina en la iglesia, bien entendida, no es un castigo vengativo, sino un medio de gracia que apunta a la salvación. Pablo confiaba en que el Espíritu Santo usaría incluso esa medida extrema para producir arrepentimiento.

De hecho, en 2 Corintios 2 encontramos un eco de este episodio, cuando Pablo exhorta a la iglesia a perdonar y restaurar a alguien que había sido disciplinado. Esto nos enseña que la meta final nunca es la expulsión, sino la reconciliación. Cuando Dios señala el pecado, no es para destruirnos, sino para transformarnos.

3. El pecado tolerado contamina toda la comunidad (vv. 6–13)

El apóstol utiliza la metáfora de la levadura: un pequeño elemento que fermenta toda la masa. Así sucede con el pecado tolerado. No es algo aislado ni inofensivo; termina afectando la salud espiritual de toda la comunidad. Por eso Pablo insiste en que la iglesia debe limpiar la “vieja levadura” y vivir como panes sin levadura: en sinceridad y verdad.

Esto no significa que solo los “perfectos” pueden pertenecer a la iglesia, sino que no se puede aceptar a alguien que persiste deliberadamente en el pecado y lo justifica. La diferencia es clara: una cosa es luchar con debilidad y otra es enorgullecerse de lo que Dios condena.

Pablo también hace una distinción clave: la iglesia no está llamada a juzgar al mundo, sino a sí misma. Muchas veces hacemos lo contrario: criticamos duramente a los de afuera mientras somos complacientes con los de adentro. El apóstol nos recuerda que la disciplina es un deber interno, porque lo que está en juego es la pureza del cuerpo de Cristo.

La aplicación es clara: no podemos tolerar el pecado en nuestras vidas ni en nuestras comunidades. Si lo hacemos, terminamos comprometiendo la misión del evangelio y debilitando nuestro testimonio. La iglesia debe amar lo suficiente como para corregir, disciplinar y acompañar en restauración.

4. Cristo, nuestro Cordero Pascual

La exhortación de Pablo no es mero moralismo. El fundamento es Cristo mismo. Él es nuestro Cordero pascual, sacrificado para liberarnos del pecado. Así como Israel celebraba la Pascua limpiando toda levadura de sus casas, los creyentes celebramos la obra de Cristo sacando todo rastro de pecado de nuestras vidas.

Seguir en pecado equivale a permanecer en aquello mismo de lo cual Cristo nos rescató.

Queremos matrimonios sanos, pero no expulsamos la ira o la pornografía; buscamos finanzas bendecidas, pero mantenemos la falta de integridad; anhelamos hijos justos, pero no damos ejemplo en casa. Pablo nos dice: ¡saquen la levadura! La verdadera libertad y transformación comienzan cuando dejamos de negociar con el pecado y abrazamos la vida nueva en Cristo.

Reflexión final

1 Corintios 5 nos incomoda porque choca con la mentalidad de nuestro tiempo, pero precisamente por eso es tan necesario. Nos recuerda que el amor verdadero confronta, que la disciplina es un medio de gracia y que el pecado no es un asunto privado: afecta a toda la comunidad.

La iglesia de hoy necesita recuperar esta visión: no se trata de legalismo ni de condena, sino de fidelidad al evangelio y de amor por las almas. Si Cristo se entregó para limpiarnos de toda malicia, ¿cómo podemos seguir tolerando aquello por lo que Él murió?

Un poco de levadura contamina toda la masa. Pero cuando la iglesia saca la levadura, cuando el creyente decide vivir en sinceridad y verdad, entonces experimentamos la libertad gloriosa de la Pascua en Cristo: vidas transformadas, comunidades sanas y un testimonio que refleja la santidad y el amor de nuestro Señor.