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La Biblia siempre nos presenta a Dios como el Salvador, el Pastor, el Protector de su pueblo; el que los rescata, y tiene misericordia de ellos. Pero en el capítulo de hoy vemos algo totalmente opuesto. Dios promete pelear contra su propio pueblo. ¡Que terrible declaración! ¿Por qué Dios pelearía contra su pueblo? Porque su pueblo se había vuelto tan orgulloso, tan terco, tan altanero, que no veía la necesidad de arrepentirse. En el pasado, cuando Dios habló con David para mostrarle su pecado, el rey se arrepintió de corazón de su maldad y confesó su pecado. Pero ahora sus descendientes abusaban del poder y no le hacían justicia a los más débiles. Dios no podía proteger a una nación que se dedicaba a hacer el mal. La paciencia y la misericordia de Dios tienen un límite. Dios es poderoso para salvar; pero también es poderoso para destruir. Y la invasión babilónica sería la lección más dura: tenían que aprender a confiar en la Palabra de Dios y a obedecer. La única forma de salvar la vida, era salir de su "fortaleza", salir de Jerusalén, y entregarse a sus enemigos. Los que se quedaran, morirían de hambre, de pestilencia, o por las armas de sus enemigos. Los que se rindieran, vivirían. El pecado tiene el poder de endurecer el corazón y de cegar la vista. Busquemos al Señor hoy, antes de que sea demasiado tarde. Que el Señor te bendiga.