El Templo del Señor, el que Salomón había edificado en Jerusalén, sobre el cual Dios había puesto su Nombre, se había convertido en un mero amuleto del pueblo de Dios. Ellos habían llegado a creer que porque tenían el Templo, ningún mal ni peligro los alcanzaría. Ellos pensaban: "Esta es la Casa de Dios, y está con nosotros; por lo tanto, nunca caeremos". Pero lo cierto es que Dios estaba por abandonar el Templo. Dios ya lo había hecho en el pasado, cuando permitió que los filisteos destruyeran Silo, el lugar donde había sido puesto el Tabernáculo. Dios no puede ser tratado como un amuleto. Dios no puede ser tratado como estando a nuestro servicio, como si fuera nuestro sirviente. Nosotros debemos servirlo a Él. Y obedecer su Palabra, y cumplir su voluntad. El pueblo seguía en todos su pecados, y después se presentaba delante de Dios en su Templo, esperando sus bendiciones. Dios no puede bendecir el pecado. Por lo tanto Dios anuncia que Él permitiría que su Templo fuera destruído. Dios es Celoso. Su pueblo decía que lo adoraba a Él; pero en realidad adoraba a muchos otros dioses. Incluso adoraban a una tal "reina del cielo". Dios no esta dispuesto a competir por nuestra lealtad. Por lo tanto Dios eligió retirarse, dejar a su pueblo y a su Templo en manos de sus enemigos. Que Dios nos ayude a que la ésta triste historia no se repita en nuestras vidas. Que el Señor te bendiga.