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Los fariseos conocían la Ley, citaban las Escrituras y defendían el sábado con celo. Pero cuando vieron a Jesús sanar, liberar y restaurar, no celebraron la misericordia de Dios; buscaron acusarlo. Ese es el peligro de una religión deformada: puede amar más sus reglas que a las personas, más su sistema que al Salvador. Jesús les responde con una frase poderosa: “Misericordia quiero, y no sacrificio”. No está despreciando la obediencia. Está corrigiendo una obediencia vacía, dura, orgullosa, que usa la verdad como arma y no como medicina. La verdadera fidelidad a Dios no endurece el corazón; lo hace más compasivo, más humilde y más dispuesto a restaurar al caído. En este capítulo también vemos a Cristo como Señor del sábado. Él no vino a destruir el día santo, sino a revelar su verdadero propósito. El sábado no fue dado para aplastar al ser humano con cargas, sino para recordarle que Dios es Creador, Redentor y Restaurador. Por eso Jesús sana en sábado: porque el sábado es un monumento a la libertad que Dios nos da. Pero Jesús también nos confronta con algo más profundo: no basta con parecer religioso; el árbol se conoce por sus frutos. Las palabras revelan el corazón. Las reacciones revelan el carácter. La manera en que tratamos a otros cuando no estamos de acuerdo revela si realmente el Espíritu de Cristo gobierna en nosotros. La pregunta seria que debemos hacernos no es: “¿Cuánto sabes de religión?” La pregunta es: “¿Tu corazón se parece al de Jesús?” Porque se puede defender la doctrina correcta con un espíritu incorrecto. Se puede hablar de santidad sin misericordia. Se puede guardar formas externas mientras el corazón sigue cerrado a la voz de Dios. Hoy la Palabra de Dios nos llama a una fe más limpia, más profunda y más verdadera: una fe que obedece, sí, pero que también ama; una fe que guarda la verdad, pero sin perder la misericordia; una fe que no usa a Dios para condenar, sino que se deja transformar por Cristo para sanar. Que el Señor nos libre de una religión fría, orgullosa y acusadora. Y que forme en nosotros el carácter de Jesús: firme en la verdad, lleno de gracia, y siempre dispuesto a levantar al que está caído.