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En el capítulo de hoy vemos a Jesús en medio de tres realidades muy humanas: el dolor, la necesidad y el miedo. Primero, Jesús recibe la noticia de la muerte de Juan el Bautista. Él se aparta a un lugar desierto; claramente esta noticia le causó dolor, y necesitaba un momento a solas. Aun así, cuando ve a la multitud, no se encierra en su tristeza: “tuvo compasión de ellos”. Aquí hay una lección importante: el sufrimiento no debe volvernos insensibles. Si el dolor nos encierra tanto que dejamos de servir a otros y de amar, algo se está deformando en nuestra fe. La fe nos lleva a servir, aún en medio de nuestro dolor y tristezas. Luego viene la multiplicación de los panes y los peces. Los discípulos ven escasez; Jesús ve una oportunidad. Ellos dicen: “despide a la multitud”. Jesús responde: “dadles vosotros de comer”. Esa frase confronta nuestra tendencia a evadir nuestra responsabilidad espiritual. Muchas veces pedimos que Dios haga algo, mientras Él nos está diciendo: “entrégame lo poco que tienes para que juntos hagamos algo”. El milagro no comenzó con abundancia, sino con una entrega pequeña puesta en las manos correctas. Debemos aprender a confiar en Dios y cooperar con sus propósitos. Después, Jesús camina sobre el mar. Los discípulos están en una barca sacudida por el viento, y Pedro se atreve a caminar hacia Jesús. Mientras mira a Cristo, avanza; cuando mira el viento, se hunde. La fe no se pierde necesariamente porque la tormenta aumenta, sino porque nuestros ojos cambian de dirección. Pedro no se hundió por falta de agua firme, sino por falta de enfoque firme en Jesús. Este capítulo nos recuerda que para Jesús no hay nada imposible. Jesús es Señor sobre la muerte, sobre la escasez y sobre la tormenta. Pero también nos confronta: ¿estamos mirando demasiado el viento? ¿Estamos usando nuestra poca fuerza como excusa? ¿Estamos esperando condiciones perfectas para obedecer? La invitación del capítulo es clara: lleva tu dolor a Jesús, entrega lo poco que tienes, y mantén tus ojos fijos en Él. Porque cuando Cristo está presente, aun el desierto puede convertirse en mesa, y aun el mar agitado puede convertirse en un camino para recorrer. Que el Señor te bendiga.