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El cordero de Dios 

            Juan el Bautista cuando vio a Jesús que pasaba, lo señaló a sus discípulos diciendo: “Este es el Cordero de Dios.” Esta es la segunda vez que lo reconoce. La primera fue cuando la Virgen María visitó a su prima Isabel, pero no se acuerda porque entonces estaba en el vientre de su madre. Ahora Juan quería señalar quien era el Mesías a sus dos mejores discípulos, Juan y Andrés. Estos se dieron cuenta de quien era Jesús y le siguieron. ¿Señalamos a Jesús a los demás? ¿Ofrecemos a Dios lo mejor de nosotros?

            Juan utilizó una expresión extraña para nosotros. No tiene mucho sentido ver a Dios como un cordero. Para los judíos era algo bien conocido. Isaías compara los sufrimientos del Mesías con una oveja yendo al matadero. Con la sangre del cordero pascual los Israelitas pintaron las puertas para proteger a los primogénitos del ángel que pasaba. Cada año se sacrificaba un cordero en el templo para recordar su liberación de Egipto y su alianza con Dios. En libro del Apocalipsis Jesús aparece como un cordero degollado, glorioso y victorioso, rodeado de ángeles y santos.

            Tres características del cordero se pueden aplicar a Cristo. Primero su condición humilde y discreta, simple y confiada. De la misma manera que un cordero va al matadero sin protestar, así se condujo Jesús en su pasión: guardó silencio, se dejó hacer y siguió la voluntad de su Padre Dios al pie de la letra. Segundo, la blancura sin mancha de la lana y su tacto peludo y suave. Nos recuerda la pureza e inocencia de Jesús ante sus acusadores, que con violencia y fuerza demostraron su odio, y lo trataron con desprecio. Tercero, su sacrificio en el templo de Jerusalén por los pecados del pueblo judío. Se cumplió en la persona de Jesús, que dio su vida y se sacrificó por nosotros. Ahora no hacen falta más sacrificios de corderos; Jesús murió de una vez por todos nosotros.

            Cada vez que el sacerdote levanta la hostia durante la Misa antes de la comunión y dice: “Este es el cordero de Dios”, nos recuerda esta realidad. El sacerdote nos presenta a Jesús de una manera gráfica, abierta, diciéndonos quien es él, el Hijo de Dios, como Juan el Bautista. Una vez un sacerdote me dijo que a veces se sentía como Poncio Pilatos, que presentó a Cristo a la muchedumbre, diciendo: Ecce Homo, este es el hombre. Tenía miedo de que volvieran a decir: “Crucifícale”: no queremos que nos reine, no deseamos su reinado. El sacerdote debería esconder su cara detrás de Jesús, para desaparecer, para dejar que Jesús se luzca. Es un buen momento para hacer un acto de fe. ¿Creo verdaderamente que Dios está ahí? Si lo creo de verdad, tengo que cambiar mi vida.

            “Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Él es el único que puede borrar, anular, nuestras iniquidades, imperfecciones, frustraciones, para siempre. Él tiene el poder de hacerlo. Todo lo que tenemos que hacer es creer en él, y dejar que su misericordia llueva sobre nosotros. A través de la confesión podemos descargar en Jesús ese peso que todos llevamos encima. Hoy es un buen momento para sentirnos más ligeros y comenzar a volar alto.

 

josephpich@gmail.com