Sígueme
Jesús comienza su vida pública llamando doce hombres para que le sigan, acompañen y participen de su vida. Los llamamos apóstoles, qué significa enviados. Ellos serán los elegidos para escuchar el mensaje de Jesús y pasarlo a los demás. La mayoría de ellos eran pescadores, rudos, no muy listos. Uno de ellos lo traicionó, otro lo negó tres veces, y todos, excepto Juan, le dejaron solo en la cruz. Sus debilidades nos dan mucha esperanza. Al comenzar un nuevo año, renovamos nuestro deseo de seguir a Jesús un poco más cerca. El año pasado le abandonamos. Este año le acompañaremos hasta el final.
“¡Sígueme!” Esto es lo que Jesús les dijo cuando los llamó. Les pidió que le siguieran, que caminaran detrás de él, que pisaran en sus huellas. Significa imitarlo, intentar ser como él, guardar su paso. Todos se sintieron atraídos por él. No hay nadie como Jesús. Él es el hombre perfecto. Nunca encontraremos otro como él. Solo Jesús puede llenar nuestros deseos de felicidad. Esto es lo que nos recuerda hoy: si me sigues encontrarás lo que buscas; has sido creado para amar, y solo en mi tu corazón puede encontrar la infinitud. Cada año, cada día, cada hora nos dice lo mismo. Sin embargo, no le escuchamos, porque nos desviamos del camino, porque nos distraemos, porque le seguimos de lejos. No se cansa de decirnos: Sígueme.
Sigue mi camino, mi dirección, mi paso. No es fácil seguirle. Lo sabemos. Vamos o muy deprisa, o muy despacio. Intentamos hacer muchas cosas al mismo tiempo. No nos concentramos en lo que es más importante. No estamos centrados en nuestras prioridades. San Agustín dice: bene curris, sed extra vía: corres bien pero fuera del camino. Somos perezosos, dejamos las cosas para mañana, nos mostramos indiferentes, andamos muy despacio. Jesús lleva el paso ideal para nosotros. Nos conoce bien: sabe la distancia que podemos caminar, la velocidad adecuada, el ritmo que aguantamos. Si vamos muy deprisa, lo adelantamos; si vamos muy despacio, lo perdemos. Todo lo que tenemos que hacer es seguirlo. Nos gustaría saber hacia dónde vamos, cual es nuestro destino, cuanto tiempo falta. Nos lleva de la mano, como a un niño pequeño, que no necesita saber estas cosas. Solo tenemos que seguirlo y no perderlo. Confiar en él.
¿Es un mandato o una petición? Es un don. Es un tesoro escondido, una perla de gran valor, un diamante bruto, una estrella que brilla en el firmamento. Si sabemos de dónde venimos y adónde vamos, es más fácil reconocer el valor de nuestro tesoro. Es una gracia especial que Dios nos ofrece. Muchos son los llamados y pocos los escogidos. Cuánta gente que hay en el mundo que no ha recibido nuestra llamada, que no conoce a Dios. Y nosotros arrastramos los pies.
Somos escogidos para dos tareas: seguirle y ser enviados. Conocer a Jesucristo y darlo a conocer a los demás. Cuanto más lo conocemos, mejor lo podemos llevar a nuestros amigos y familiares. Tenemos que descubrirlo y reconocer quien es él. Él es un tesoro no se puede esconder. Se hace más grande cuando lo compartimos.
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