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Las Bienaventuranzas

            Uno de los sitios más bonitos de la Tierra Santa es la iglesia de las Bienaventuranzas. Está edificada en una colina con unas vistas maravillosas del lago de Genesaret. Es uno de esos lugares que no ha cambiado mucho desde tiempos de Jesús. Está en el noreste del lago, a tres kilómetros de Cafarnaúm. El área se llama Tabgha, qué significa siete manantiales, que todavía fluyen hacia el lago. Otras dos iglesias están en las proximidades, la de la multiplicación de los panes y peces, y la de la primacía de Pedro. La iglesia tiene una forma octogonal en recuerdo de las ocho bienaventuranzas. Se puede pasear alrededor de la iglesia debajo de un porche cubierto. La tentación es seguir andando en círculos, admirando el panorama y contemplando las bienaventuranzas. Los círculos ayudan a seguir profundizando en ellas.

            Los profetas solían predicar desde la cima de una colina para que la gente pudiera oírlos. Tenemos grabado en nuestra imaginación la imagen de Jesús predicando el evangelio, sentado con la gente alrededor suyo a sus pies, escuchándolo, completamente absorbidos por sus palabras. El Papa Francisco comenta “cómo ocurrió la proclamación de su mensaje: Jesús, viendo la muchedumbre que le seguía, sube la pendiente que rodea el lago de Genesaret, se sienta y dirigiéndose a sus discípulos les anuncia las bienaventuranzas. Aunque su mensaje está dirigido a sus discípulos, el horizonte es toda la humanidad.” El mensaje es para todos nosotros. No podemos entrar en el reino de los cielos sin haber vivido alguna de ellas.

            No es fácil predicar acerca de las bienaventuranzas, hacer un buen comentario de ellas. Los sacerdotes las evitamos, porque hay que estar muy cerca de Jesús para saber explicarlas bien. Sin embargo, hablan por sí mismas. Solo tienes que leerlas y meditarlas para escuchar su voz. Una vez salieron de los labios de Jesús, tienen vida propia. Su mensaje sigue resonando a través del tiempo, sus ondas siguen sonando durante el curso de la historia.

            Las bienaventuranzas son simples, pero profundas. Nos afectan de muchas maneras diferentes. Nos proponen ideas prácticas para nuestras vidas. Las podemos vivir hoy, mañana, o quizás pasado mañana. Nos empujan a hacer propósitos que nos ayudarán a acercarnos a Dios y a los demás. Por eso no es fácil hablar de ellas, pues son muy personales, adecuadas a nuestra propia vida. No nos gusta leerlas con frecuencia, pues cuando las lees te empujan a cambiar, a ser mejor. Es como un famoso escritor, que no vivía una vida muy cristiana, un día fue a la Misa de Padre Pio. No quiso saludarlo. Comentó: si hablo con él, me cambiará la vida.

            Quizás he sido un poco negativo con las bienaventuranzas. Son muy exigentes y por ello es fácil desanimarse. Muchos de nosotros lo hemos intentado y hemos fracasado. El mensaje de Cristo es exigente, pero sabemos que es lo mejor para nosotros. Hay que seguir intentándolo. Un día Dios nos dará la gracia para vencer, para volar alto.

 

josephpich@gmail.com