Sal y Luz
Jesús nos recuerda hoy en el evangelio que los cristianos somos sal y luz: la sal de la tierra y la luz del mundo. Se relacionan con los sentidos de ver y gustar. Sin la luz no podemos ver. Sin la sal la comida se vuelve insípida. Jesús no dice lo que debemos ser, sino lo que somos. Y lo somos por nuestro bautismo. No porque seamos mejores, no porque lo hemos hecho bien, no porque lo merecemos, sino porque él ha querido. Somos un don. Se lo que eres.
Somos únicos a los ojos de Dios. No hay nadie como nosotros; somos irrepetibles. La sal era muy apreciada en la antigüedad. Los judíos ponían sal en sus sacrificios a Dios para hacerlos más agradables. Los griegos consideraban la sal como algo divino. A veces los soldados romanos eran pagados con sal. En un tiempo en que no había neveras, la sal preservaba los alimentos. Dicen que el cuerpo humano suele contener medio kilo de sal. Al compararnos con la sal, Jesús nos dice que somos importantes ante sus ojos.
¿Qué significa ser sal? Es blanca y pura; deberíamos vivir una vida limpia, diferente a la vida insípida de los demás. Da sabor a la comida; deberíamos hacer el mundo más agradable y humano. Desinfecta las heridas; deberíamos preservar a la sociedad de los efectos del pecado. Derrite los hielos de las carreteras; deberíamos deshelar los corazones y arrastrarlos al calor de la fe. Preserva los alimentos de corrupción; deberíamos parar lo que desintegra la sociedad. Produce sed; deberíamos fomentar el deseo de Dios. “Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale más que para tirarla fuera y que la pisotee la gente.” Sería una pena perder el sabor y volvernos insípidos.
La luz es muy importante. Sin la luz del sol no habría vida en la tierra. Los ojos son quizá nuestra mejor herramienta. Lo mismo ocurre en la vida espiritual. Sino vemos, no nos movemos. Dios es la luz. Lo primero que hizo al crear el mundo fue separar la luz de las tinieblas. No podemos ver a Dios sin su luz. El demonio es el príncipe de las tinieblas. El infierno está completamente oscuro. Cuando bautizamos a un niño encendemos una vela para significar que su alma está llena de luz. Le pedimos a los padres que la mantengan encendida, que cuiden de la fe de sus hijos. Jesús vino a disipar las tinieblas con su luz.
Somos la luz del mundo, pero no nuestra luz, sino su luz. Deberíamos dejar que su luz brille en nosotros. Tenemos que aprender a reflejar su luz. Como la luna que refleja la luz del sol. Comparamos a la Virgen con la luna. Deberíamos ser como el faro en la costa que anuncia a los marineros donde están las rocas, donde están los peligros. Somos el faro, pero Jesús es la luz que ilumina desde dentro. Podemos ser un faro maravilloso, pero sin luz, somos inútiles. Para dar luz hay que tenerla. Pedimos a María, estrella del mar que alumbre nuestro camino y sepamos dar sabor a nuestra vida.
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