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21 de octubre de 2026

Lucas 18: 8.

[JESÚS DIJO] «PERO CUANDO VENGA EL HIJO DEL HOMBRE, ¿HALLARÁ FE EN LA TIERRA?»

¿DÓNDE ESTÁ TU FE?...

Me doy por vencido. ¿Cuánto tardas en llegar a ese punto? Lo intentaste una vez, lo intentaste una segunda vez, y entonces decides: Me doy por vencido.

Hay ocasiones en que sencillamente debemos darnos por vencidos. Por ejemplo, si intentamos clavar un balón de básquetbol en un aro a tres metros de altura, pero medimos apenas un metro y medio —y saltamos unos diez centímetros—, podemos intentarlo una y otra vez, pero nunca lo lograremos: no tenemos los dones necesarios.

Otras veces es cuestión de preparación. ¡Los niños de cinco años deberían «darse por vencidos» en cuanto a manejar un auto aun antes de intentarlo una sola vez! No solo no tienen los dones necesarios: tampoco tienen la preparación necesaria.

En ciertas circunstancias, es apropiado y sabio concluir: Me doy por vencido.

¿Pero está bien llegar a esa conclusión en cuanto a la oración cristiana? ¿Es apropiado alguna vez decirnos a nosotros mismos y a nuestro Padre celestial: Me doy por vencido? ¡Nunca! Y la razón es sencilla: para Dios todo es posible. Es imposible pedir en oración algo que Dios sea incapaz de darnos. Cuando ponemos nuestra fe en él, estamos confiando en aquel que tiene todas las cosas bajo su control, incluso la muerte misma.

¿Significa eso que Dios siempre nos dará lo que queremos? Claro que no, porque no siempre queremos para nosotros lo que sería mejor para nosotros. Los padres humanos entienden esto. Sus hijos podrían pedir helado en cada comida, pero los buenos padres negarán esa petición —aunque podrían concederla— porque aman a sus hijos y quieren lo mejor para ellos.

Nuestro Padre celestial quiere lo mejor para nosotros. Y, por encima de todo, ¿qué quiere para nosotros? ¡La vida eterna! La quiere tanto que envió a su propio Hijo, Jesús, a ganarla por nosotros con su vida perfecta y su muerte inocente. Así que no le interesa darnos nada que se interponga en el camino hacia esa meta eterna.

Sé, pues, perseverante y paciente en la oración. Y confía en que la respuesta de Dios es siempre lo mejor para ti, eternamente.

Oremos:

Jesús, ayúdame a confiar en las respuestas que das a todas mis oraciones. Amén.