Listen

Description

Hay algo que casi nadie te enseña…
 y que, sin embargo, define gran parte de tu paz.

Saber cuándo soltar.

No soltar por cobardía.
 No soltar porque fallaste.
 Sino soltar porque entendiste que seguir aferrado ya no suma.

A veces es una relación.
 Una que tuvo sentido, que incluso fue importante,
 pero que empezó a doler más de lo que nutría.

Otras veces es un puesto.
 Un rol que te dio identidad, estabilidad, reconocimiento…
 pero que poco a poco dejó de representarte.

Y a veces es un cliente.
 Una oportunidad.
 Un proyecto que prometía mucho,
 pero que terminó costándote más de lo que estabas dispuesto a pagar.

El problema es que nos enseñaron a resistir, no a soltar.
 A aguantar.
 A insistir.
 A “no rendirnos”.

Y confundimos madurez con permanencia.

Pero hay una verdad incómoda:
 no todo lo que empieza debe sostenerse para siempre.

Hay momentos en los que seguir ya no es valentía,
 es miedo a aceptar que algo cambió.

Soltar no siempre es perder.
 A veces es dejar de pelear contra la realidad.

Es reconocer que crecer también implica despedirse.
 De personas.
 De versiones de uno mismo.
 De expectativas que ya no encajan.

Porque quedarse por costumbre agota.
 Por miedo, desgasta.
 Por orgullo, encierra.

Y retirarse a tiempo…
 eso requiere una madurez que pocos desarrollan.

La madurez de entender que no todo final es un fracaso.
 Que a veces es un acto de respeto propio.
 Una forma de decir: hasta aquí fue suficiente.

Soltar no te hace débil.
 Te hace consciente.

Consciente de tus límites.
 De tu valor.
 De lo que ya no estás dispuesto a sacrificar.

Y cuando aprendes a retirarte a tiempo,
 algo cambia.

Dejas de aferrarte a lo que fue…
 y empiezas a abrir espacio para lo que puede ser.

Porque en la vida —y en el trabajo—
 no siempre gana el que más aguanta.

A veces gana el que sabe cuándo soltar.


Conecta con el Salario Emocional en redes sociales.

@salarioemocional