Hay una necesidad que se disfraza de compromiso…
pero en el fondo es miedo.
La necesidad de ser indispensable.
De que sin ti nada funcione.
De que te llamen para todo.
De que tu ausencia se note demasiado.
Al principio se siente bien.
Te buscan.
Te necesitan.
Te consultan.
Y eso alimenta el ego…
pero también construye una trampa.
Porque cuando te vuelves indispensable,
dejas de ser libre.
Empiezas a cargar más de lo que te toca.
A resolver lo que otros deberían aprender.
A sostener sistemas que ya deberían caminar solos.
Y sin darte cuenta, tu valor deja de estar en lo que aportas
y empieza a medirse por lo que aguantas.
En el trabajo se aplaude mucho esa actitud.
“El que siempre está.”
“El que nunca falla.”
“El que resuelve todo.”
Pero nadie te dice el precio.
El precio es el cansancio crónico.
La imposibilidad de desconectarte.
La ansiedad cuando no estás.
La sensación de que si paras… todo se cae.
Y lo más duro:
cuando eres indispensable, te vuelves irreemplazable…
y eso te impide crecer.
Porque si todo depende de ti,
nadie quiere que te muevas.
Ni que asciendas.
Ni que descanses.
La verdadera madurez profesional llega cuando entiendes esto:
ser valioso no es ser imprescindible.
Es crear sistemas que funcionen sin ti.
Es enseñar.
Delegar.
Soltar el control.
No para desaparecer,
sino para evolucionar.
Porque el liderazgo sano no se basa en que te necesiten,
sino en que puedan avanzar incluso cuando no estás.
Y el día que entiendes eso,
dejas de demostrar…
y empiezas a liderar.
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