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En este episodio, “Separados para Dios y la Bendición Sacerdotal”, exploraremos el voto nazareo, que ofrecía una forma de acceso especial a Dios a cualquier israelita —hombre o mujer— que quisiera consagrarse voluntariamente y también miraremos una de las bendiciones más conocidas y queridas en toda la Escritura: la bendición sacerdotal que revela el deseo de Dios de bendecir, proteger y vivir en comunión con su pueblo.

En medio de las instrucciones sobre la organización del campamento y la pureza del pueblo, el capítulo 6 introduce un tema profundamente personal y devocional: el voto nazareo. En una cultura del Antiguo Cercano Oriente dominada por linajes sacerdotales exclusivos, el voto nazareo ofrecía una forma de acceso especial a Dios a cualquier israelita —hombre o mujer— que quisiera consagrarse voluntariamente. Dios le daba la oportunidad a cualquiera que quisiera voluntariamente acercarse a El de manera especial atravesando de este voto nazareo. 

Podemos comparar este voto con un atleta olimpico.  Míralo de esta manera, magina a un atleta olímpico. No es un atleta cualquiera, sino uno que ha decidido entrenar con disciplina extraordinaria para un objetivo que está más allá de lo cotidiano. Durante años— se abstiene de ciertas comidas, de fiestas con amigos y familiares y no descansa de entrenar. Se levanta más temprano que los demás. Mientras otros viven en la comodidad, él elige renunciar a vivir como los demás… no porque sea obligatorio, sino porque ha puesto su mirada en algo más alto: una medalla que representa honra, excelencia, y una consagración total a su meta.

Así era el voto del nazareo. No era mandatorio. Nadie lo obligaba. Pero quienes lo hacían decían con su vida: “Quiero vivir, aunque sea por un tiempo, de forma radicalmente entregada a Dios”. Como ese atleta, renunciaban a placeres legítimos, se apartaban del ruido, y vivían bajo un estándar distinto, no para gloriarse, sino para buscar una comunión más profunda con Dios. Y al igual que el atleta, cuando todo terminaba, no volvían igual. La consagración los había transformado.