Un cuento sobre la importancia de la verdad, la generosidad y el respeto.
En un rincón escondido del mundo, donde los árboles se inclinaban como amigos confidenciales y el sol filtraba sus rayos dorados a través de hojas que susurraban secretos al viento, se extendía el Bosque de los Susurros Verdes. Era un lugar mágico donde las flores cantaban melodías suaves al amanecer, los riachuelos reían con gorgoteos cristalinos y las ardillas danzaban sobre ramas cubiertas de musgo aterciopelado. El aire olía a miel silvestre y tierra húmeda, y cada paso sobre el tapiz de hojarasca crujiente parecía despertar pequeñas chispas de luz que flotaban como estrellas diminutas. En el corazón de este bosque vivía un conejito llamado Lumi, de pelaje blanco como la nieve fresca y orejas largas que se movían con la brisa como velas en un barco de sueños. Lumi era curioso y juguetón, pero a veces su corazón latía con un poquito de egoísmo, guardando sus tesoros más brillantes solo para él. Cerca de su madriguera, en un claro rodeado de setos perfumados, habitaba la familia de los Zorritos: Zara la mamá, con su cola esponjosa como una nube anaranjada, y sus tres hijitos, Zuri, Zipo y Zazu, que correteaban con risas que sonaban como campanitas de plata. Un poco más allá, en lo alto de un roble centenario, anidaba el búho Sabio, con ojos como lunas llenas y plumas que brillaban con tonos de medianoche, guardián de las verdades antiguas del bosque.Una mañana de rocío reluciente, cuando las gotas de agua en las telarañas destellaban como joyas, Lumi salió de su madriguera con una sonrisa traviesa. Había encontrado, la noche anterior, una bellota mágica, grande y dorada, que brillaba con un fulgor interno como si guardara el sol dentro. "¡Esta es mía!", pensó, escondiéndola bajo una hoja grande cerca de su casa. Mientras saltaba alegremente, oyó las voces alegres de los Zorritos. Zuri, el mayor, estaba contando una historia a sus hermanos: "¡Mirad qué hermosa está la mañana! Vamos a buscar bayas para nuestra mamá, que está cansada de tanto cuidar el bosque". Pero Zipo, el más pequeño, frunció el hocico con tristeza. "No hay bayas cerca, y mamá necesita algo dulce para animarse. Si solo tuviéramos una bellota mágica como la que encontró Lumi ayer...". Lumi, que escuchaba escondido tras un arbusto de moras jugosas, sintió un cosquilleo en su corazón. Recordó cómo la bellota había aparecido rodando desde el roble del búho Sabio, y una vocecita dentro de él susurró: "¿Por qué no la compartes? Ser generoso hace que el bosque brille más". Pero Lumi sacudió las orejas. "No, es mía. La encontré yo. Además, ¿quién sabe si es verdad que sea mágica? Mejor la guardo para mí solo"....
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