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Autora: Teresa Molinas

En los primeros años de la década del 90, cuando la ciudad todavía tenía ritmo propio y las mañanas empezaban con el ruido metálico de las persianas, una joven llegó desde un pueblo pequeño buscando algo simple: estabilidad. Trabajo. Un lugar donde empezar de nuevo.

La casa donde entró parecía perfecta… al principio.

Una casona antigua, imponente, con techos altos y pasillos largos que absorbían cada sonido. Allí vivía una familia extraña: un matrimonio de edad avanzada y su hija adulta, silenciosa, distante… casi ausente.

Desde el primer día, todo funcionaba bajo reglas estrictas. Horarios exactos. Rutinas inquebrantables. Comidas idénticas todos los días. Nada cambiaba. Nada se cuestionaba.

Pero lo que parecía disciplina… pronto empezó a sentirse como control.

La joven comenzó a notar detalles que no encajaban. Un baño con frascos extraños y olores químicos imposibles de ignorar. Un segundo piso prohibido. Una tercera planta… de la que nadie hablaba.

Y la hija.

Siempre quieta. Siempre observando. Como si no perteneciera del todo a ese lugar… o como si nunca hubiera salido de él.

Con el paso de los días, los silencios se volvieron más pesados. Los ruidos comenzaron a aparecer. Pasos en lugares donde no debía haber nadie. Movimientos lentos, arrastrados… como si algo habitara la casa más allá de lo visible.

Hasta que una mañana, antes de lo habitual, la joven llegó y lo escuchó claramente.

Alguien caminaba arriba.

Y no era ninguno de ellos.

Lo que empezó como una sospecha se transformó en algo más oscuro cuando encontró evidencia imposible de ignorar. Algo dentro de un frasco. Algo humano. Algo que no debía estar ahí.

Pero en esa casa… todo tenía un propósito.

Incluso lo que nadie debía ver.

La verdad no era un secreto.

Era un experimento.

Un intento desesperado por controlar lo inevitable: el tiempo, el deterioro… la vida misma.

Y en ese intento… alguien ya había sido usado.

La hija no era solo parte de la familia.

Era el resultado.

Y la joven… la siguiente posibilidad.

Porque en esa casa, nada era casual.

Todo tenía un horario.

Todo tenía un lugar.

Y cuando alguien llegaba… no era para quedarse.

Era para ser parte.