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Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com

Habia una vez un pueblo que estaba en el medio de una valle creado por altas cumbres que siempre siempre se encontraban blancas por la nieve perpetua. El pueblo no tenía recuerdos de quien lo había fundado o de donde venían todos sus habitantes pero el pueblo estaba allí. Su nombre era San Judas Tadeo y el valle era llamado la eterna pausa. 

Todos decían y era verdad que la vida en aquel pueblo era de un predecible lineal que desafiaba la naturaleza. San Judas Tadeo tenía una característica, siempre tenía el mismo clima y siempre tenía el mismo cielo azul que nunca cambiaba. Todo era igual en San Tadeo y sus habitantes se habían acostumbrado a la inmutabilidad de su entorno y su clima. 

La estructura física del pueblo también era predecible. Todas las casas estaban asentadas sobre calles de piedra pulida y todos los tejados de todas las casas era rojos e igualmente las casas tenían sus paredes blancas. Todo pues era bastante monótono y repetitivo. 

Lo anterior llevaba a que todos los habitantes se sintieran muy orgullosos de su pueblo y de su estilo de vida. 

Todos repetían una frase que resumía la naturaleza de su pueblo. En San Judas nadie se pierde ya que sin importar la dirección que tomaran siempre aparecían en el origen. Esto no era simple retorica era la verdad absoluta. 

Esto era así porque si caminaban lo suficiente hacia el norte, terminaba entrando al pueblo por la plaza del sur. Se había comprobado que si alguien salida de la casa y giraba hacia la derecha tres veces se llegaba a la propia casa sin saber como había sucedido. 

Dentro del pueblo siempre se había explicado esto como que los que crearon el pueblo tuvieron la precaución de evitar extravíos. 

Un día uno de los habitantes llamado mateo decidio probar y entender que era lo que sucedía y una mañana antes que todos hubieran despertado salió de su casa con un gran tarro de pintura roja y comenzó a caminar dejando caer un pequeño hilo de pintura que acompañaba su caminar. 

Después de una hora comenzó a notar algunos detalles que lo hacían preguntarse realmente donde vivía. Encontró que las escalinatas que subían a lo alto de la montaña finalmente lo llevaba a la plaza del pueblo, Encontró que cuando llegaba a la última de las casas estas se desdoblaban y se veía entrando por las casas del otro lado del pueblo. Pero lo más extraño es que en un momento alcanzo a ver la espalda de alguien que el juraría era su propia espalda y que inmediatamente desapareció en una esquina. Todo esto sucedía mientras el hilo de color rojo seguia marcando las calles mostrando que muchas veces había pasado por el mismo sitio sin haber nunca desviado su camino. 

Finalmente entendió lo que sucedía en su pueblo. El era uno de los habitantes de una burbuja de tiempo y espacio que se torcía en si misma formando la versión gigante de un nudo gorgiano. 

Preocupado decidio correr a la plaza del pueblo y grito. 

Nuestro pueblo es un laberinto, no hay salida y nunca podremos encontrar el mundo exterior. Nuestro pueblo es una serpiente que se muerde a si misma.

La gente que salia a trabajar como cada día paro y lo miro extrañada. Nunca nadie había oído tal teoría. Nunca nadie los había hecho pensar en que no podrían salir del pueblo y que nunca entenderían que era el mundo exterior

De pronto el cartero que conocía cada una de las casas y calles del pueblo se acercó y le dijo. 

Mateo no digas más. El mundo exterior es una leyenda urbana solo vives para el pueblo y dentro del pueblo. Nadie es un prisionero solamente debes seguir viviendo dentro del pueblo y ser feliz. Y Mateo entendio que el estaba equivocado y que todo el pueblo merecía vivir