Hacer click aquí para enviar sus comentarios a este cuento.
Juan David Betancur Fernandez
elnarradororal@gmail.com
Había una vez un hombre que tenía al mismo tiempor una gran arte y una gran frustración, siendo el gran escultor de Chipre todos reconocían en el su capacidad de crar hermosas figuras pero su gran frustración era que ninguna mujer en todo Chipre le parecía suficiente para su gusto.
Ahora el se encontraba entrando a la oficina de aquel medico que supuestamente lo iría a tratar de alguno de sus males y allí la vio. Ella estaba en la sala de espera, posiblemente ansiosa a que la hicieran pasar y El destino, que alguna vez había convocado a dioses y milagros lo llevaba a encontrarla en aquel lugar.
Pigmalión la reconoció por el lóbulo de la oreja. Recordaba haber pasado tres días enteros puliendo ese lóbulo, eligiendo el grano más fino de la lija para que el mármol capturara la luz de la tarde. Ahora, sin embargo, esa oreja sostenía un pendiente de mal gusto y la piel que la rodeaba tenía una pequeña mancha que denotaba el mal uso de aquel lóbulo perfecto
«Se está estropeando», pensó él con la crueldad clínica de un artista. «Mi obra maestra se está echando a perder».
La mujer que obviamente lo había visto ingresar se sintió perturbada por su presencia y aunque trataba de ignorarlo sentía su mirada constante sobre ella. Su nombre era Galatea y era la más bella mujer de todo Chipre sin duda alguna. No necesitaba levantar la vista para saber que él la estaba juzgando. Conocía muy bien como aquel hombre al que detestaba era quien mejor la podía observar y juzgar.. Era la misma densidad de la mirada que sentía cuando él la miraba en su taller, no con amor, sino buscando dónde corregir hasta el mínimo detalle que ella pudiera tener. La veía siempre como una obra en proceso y ella realmente ya estaba perfecta.
En su mente de mujer beldad pensaba —Sigue mirándome como si fuera un bloque de piedra —pensó ella, apretando la mandíbula—. Nunca quiso una mujer. Querías un ser que sirviera como reflejo de su propio ego. Queria la más perfecta mujer posible.
El silencio entre los dos era espeso, el frio de sus miradas podía sentirse en toda la habitacion.
Pigmalión recordó la historia de aquella mujer. Siendo el el gran escultor de su tiempo había llegado a la creación de la más bella y perfecta mujer y cansado de las imperfecciones de las mujeres de Chipre sentía que ninguna era lo suficientemente perfecta para el. En cambio aquella era perfecta. Una figura como ninguna otra y con la mirada más enigmática que mujer alguna pudiera tener. Era ella toda suya era su Galatea. La perfección hecha piedra. Desesperado le hizo la plegaria a afrodita que le permitiera que aquella estatua de mármol fuera su propia mujer. Pigmalión recordó el momento exacto en que la piedra gracias a la intervención de la bella afrodita se volvió tibia bajo sus dedos. Sus ojos se posaron sobre el y su cuerpo frio y firme se convirtió en una figura dulce y suave. Fue el momento más glorioso de su vida. Pero ahora, viendo cómo ella tosía discretamente y se acomodaba el abrigo, se dio cuenta del error de cálculo en ese momento.
El mármol era eterno; la carne al contario era una decepción constante. El mármol no criticaba ni sentía celos, El mármol no tenía reclamos constantes sobre cosas pequeñas y no te miraba con decepción cuando llegabas tarde.
Ella por su parte al encontralo en aquella habigtacion recordaba aquel frio. Pero no el frio del marmo que antes podía sentir como su cuerpo. No Galatea recordaba El frío de no ser reconocida y ser ignorada en cada asunto de la vida. Recordaba como aquel famoso escultor la hacia sentir menos en cada ocasión social cuando se referia a ella como su creación. . A veces, cuando él l